lunes, 4 de noviembre de 2013

LAS MASCARAS

LAS MÁSCARAS

Lic. María Inés MALCHIODI
Becaria BAS XXI
Literatura



Cae el sol sobre la playa de una de las islas próximas a Bali. El mar es un remanso de espumas apenas lamiendo las arenas. Son los últimos destellos de luz en el horizonte cercano de un sinnúmero de islas en las que el hombre habita. El ocaso, en un impecable cenit rojizo de índigo bordeado en las silenciosas formas de las nubes, está llamando a la noche para celebrar la pausa.

Sobre la arena, apenas sigilosas, las formas de los hombres se extienden en su danza de máscaras y tambores, en un ritual repetido cada día para recordar la promesa de fecundidad, de gratitud, de vida. Este ritual, celebrado cada día al caer la tarde, en Bali como en la casi totalidad de las islas que la rodean y que conforman la superficie de Indonesia,  tienen la connotación propiciatoria para la elaboración de las telas trabajadas con la técnica del batik.
Elaboradas en madera,  pintadas con colores brillantes, las máscaras cubren el rostro de los bailarines que ejecutan su danza sobre la arena acompañados por mujeres ataviadas con rojos ibiscus en su cabeza y guirnaldas de flores blancas y amarillas sobre el pecho desnudo, apenas tapados los cuerpos por telas de diseños batik. Se trata de manifestarle a los dioses la gratitud por el día que termina, la productividad de su tarea creativa y repetida en una sucesión de gotas de cera virgen desparramadas con rutina sobre la tela de algodón o seda, con la parsimoniosa lentitud de su técnica  que atravesó los siglos. La pausa es la cadencia que imprimen en su impronta de repetir los motivos en las telas que los llevarán a la concreción de su tarea. Y al terminar cada jornada, la danza de máscaras sobre la arena tendrá la virtud de agradecer a los dioses por otro día de trabajo, porque solo la gratitud y el ritual propiciatorio brindarán otra jornada, la del nuevo día, con la esperanza de agradar a los dioses, tener más labores, continuar con la gracia de las celebraciones.

No interesa cuál sea la cara interior de la máscara. No se sabe en realidad a quien pertenece el cuerpo que danza al compás de los sonidos que se mezclan con las olas. La máscara muestra su sonrisa, su alegría, su semblante. Los dioses sólo sabrán de ellos a través de la máscara que cubre los rostros, y devolverán las gracias que se pedían. El sonido del mar es una cadencia de fondo para este ritual primitivo, permanente, persistente. El movimiento de los cuerpos va sugiriendo las formas de los mantras, de las oraciones, de la plegaria, de los símbolos. La máscara, elemento esencial de los ritos y de las representaciones religiosas, cumplen con la función de ocultar lo que no se puede mostrar.

En la casi totalidad de las sociedades de la Polinesia, si bien la identidad del portador de las máscaras debe permanecer secreta, la máscara en cuanto a tal se hace pública asumiendo la forma de las representaciones de aquello que se quiere concretizar. Las máscaras que representan personajes humanos, intervienen en Mabuiag, en Oceanía, en el curso de las fiestas que señalan el momento de la recolección. Los hombres que danzan con la máscara que representa la forma de un pez sierra, forman parte de un rito destinado a provocar la llegada de la estación de las lluvias.  En Nueva Caledonia, la máscara conlleva un factor religioso, con representaciones de personajes mitológicos concretos. A veces, los hombres enmascarados participan de ciertos ritos funerarios y se les designa con el nombre del árbol cuya corteza es el material esencial para su confección. Se trata de expulsar del país a los muertos víctimas de los cazadores de cabezas, impulsándolos a seguir hacia el oeste, a la casa solar en su viaje cotidiano al país de los muertos. Para evitar su regreso al día siguiente, con el sol, la ceremonia se termina con el ataque a los portadores de máscaras y su muerte simulada.

Una insospechada galería de máscaras habita el interior de los museos del mundo, mudos exponentes de la creación del hombre al servicio de su propia manera de interpretar los símbolos. Esos mismos símbolos que en aras de una comprensión de los fenómenos, le imprime formas diferentes a cada una de sus manifestaciones, y son a la vez significado y significante de su ser en el mundo de todas las culturas.

Pero no sólo encontramos máscaras en los museos dedicados a esas especiales manifestaciones culturales de lugares tan exóticos y lejanos a nuestras expresiones. Las máscaras se hacen también objeto de decoración en los interiores de los espacios que el hombre occidental habita.  El hombre –dice W. Luypen – se realiza, logra ser una persona, sigue su vocación, avanza hacia su destino, cuando hace del mundo un lugar habitable para el hombre mediante su actividad cultural creadora. En su búsqueda sobre el significado de la vida, el hombre comprende que su pregunta sobre si mismo llega a las entrañas mismas de la vida. Toma conciencia que su pregunta sobre el tener que ser en el mundo lo lleva a buscar una respuesta al interrogante que se plantea todo ser auténticamente humano y se pregunta qué tengo que ser?

Más allá de las disquisiciones acerca de la fenomenología existencial, la profunda tarea del crecimiento interior supone un paciente trabajo sobre uno mismo. Trascender el propio yo y dejar el alma al descubierto está teñido con frecuencia con los tintes de la cultura.
Artesana del conocimiento, hurgo de manera constante en cada fibra natural de la materia orgánica que me brinda la profundidad de sus colores para colorear cada una de las telas. No siempre los colores son tan puros. No siempre la metáfora logra desentrañar la verdadera forma de los significados en los significantes que destiñen con el tiempo. Entonces, trato de comprender  que  muchas veces, la respuesta a qué tengo que ser que se hace el hombre, conlleva la respuesta de la máscara. Cuando la interioridad del ser supone una verdad del propio conocimiento y la realidad de la cultura requiere una verdad impuesta, la máscara es la alternativa propiciatoria que permite mostrar lo que la cultura exige.

A veces, colgarse la máscara es la rutina de solicitar propiciaciones.
A veces, el ritual impone una costumbre que se confunde con los verdaderos rasgos.
A veces, la piel del rostro se hace una con la máscara en la verdadera materia de sus formas.

La libertad de ser uno mismo implica el compromiso de hacerse cargo de la realidad del hombre, consecuente con las propias circunstancias. Probablemente, las culturas orientales, las más próximas a la verdadera esencia de las tradiciones puras a pesar de las dominaciones, sean las que lograron conservar la interioridad del espíritu mismo del ser entrecruzado con los otros, muchos otros ser-en-el-mundo que aún recurren a la máscara para ahuyentar espíritus.

La máscara occidental, la actual, la de nuestra cultura teñida de rivalidades, de mentiras, de hipocresía, la más común de las máscaras, es la que lleva el hombre de hoy colgada en la sonrisa del cinismo.

Pareciera ya no haber dioses que reclamen infortunios. Pareciera que el espíritu descarnado de simplezas obliga al hombre a mostrar lo que no puede mostrarse, en una irreparable similitud con la máscara oriental que ahuyenta espíritus del mal y propicia beneficios para seguir viviendo.

Pareciera ser que no atreverse a ser lo que en realidad se es impone la sonrisa de la máscara pintada sobre el rostro que ya no es más que simple cáscara montada en la impostura.

Difícil y descarnado oficio actual el de poder interpretar la esencia.


EL OTRO Y LA ALTERIDAD







EL OTRO Y LA ALTERIDAD




En el prólogo del libro de Jacobo Timmerman “Prisionero sin nombre, celda sin número”, el hijo del propietario de La Opinión pregunta a su madre, desconsolado:
-          Por qué nos torturan?
Sabiamente, su madre le responde: “ … porque no nos conocen”.

Eran tiempos amargos, de persecución, represión, incomprensiones descarnadas, dominación sin límites.

Uno de los libros de Taussig retoma en su prólogo la pregunta del hijo de Timmerman. En su trabajo, Taussig relataba la conquista del otro cultural que penetraba en la selva colombiana tras la búsqueda de esmeraldas, y mataba a su paso todo salvaje, bárbaro, indígena que se cruzara en su camino, empalando sus cuerpos de los que sólo quedó el testimonio desgarrador de unos cráneos al tope de los mismos, sin flamear, descarnados, inmóviles, destructora e intimidatorio imagen del salvajismo y la crueldad de la incomprensión.

Nada más aterrador que el miedo por el otro para empalar y sacrificar una posibilidad de acercamiento.
Nada más que el terror que produce el desconocimiento del otro, cuando la fantasía se hace carne en la mente del otro acostumbrado a un continuum de verdades acaso tan fabricadas e impuestas por el consuetudinario paso del tiempo en la tradición sin cambios.

Cuando el cambio es predecible, el enroque es la estrategia, el perdón es una cuenta sin saldar que mantiene cautivo al otro para que haga lo que otro quiera.
Nada más sutil que la imagen del miedo desplegado en el silencio, nada más que con la imagen interpuesta en la verdad a medias de cambiar sin cambios.

Porque no nos conocen, dijo la esposa de Jacobo Timmerman.

Nada más certero.

El miedo que produce el desconocimiento del otro cuando el otro es uno más entre nosotros, agigantado por la imagen del poder.
El miedo que cercena las mentes y las entrañas de todos los otros que de pronto se enfrentan ante lo desconocido a pesar de tantos años de convivencia cotidiana, y no encuentran la continuidad del ser sencillamente porque el otro es otro, no aquél mismo que conocían de tanto tiempo, repetido, por la continuidad de los tiempos, la abigarrada trama que fueron tejiendo en la construcción del ser, del líder, del profeta, del tótem.

El acercamiento cotidiano dibuja una mpostura que el inconsciente colectivo va forjando en las imágenes transidas de carisma.
El devenir de los años y los tiempos es la aguja que borda en la trama de un perfecto canevá los puntos que rellenarán las formas. Y el acostumbramiento cede paso al extrañamiento, y lo extraño resulta de repente tan cercano, tan predecible, tan familiar, que para qué cambiarlo…

Más allá de las monotonías, más allá de las policromías de acciones certeras y acertadas, el otro se acerca cada vez más a uno mismo, y el círculo se cierra en la oquedad del  vicio.

Comprender el cambio es muy difícil.
Lleva mucho tiempo.
Desgasta.
Lastima.

La crisis que propugna el cambio supone un paciente trabajo sobre uno mismo en la delicada tarea de la comprensión, de la aceptación de los fenómenos, en el conocimiento y la aceptación del otro que es tan similar a uno mismo y tan diferente al otro a pesar de los lazos de sangre, de tierra, de génesis.

El otro no es el otro sino él mismo, desconocido, extraño, imaginario, construido en la fantasía de la mente de cada otro que no entiende de alteridades, que no puede acercarse a los fenómenos porque el miedo al cambio lo paraliza, porque el pánico por el cambio del otro que no creía que fuera tan distinto, lo hace ciego ante la verdad que quería para si pero por el momento no acepta.

Pero cómo aceptar lo que ni siquiera se conoce?
Cómo pretender llegar al otro si no se sabe de qué manera este otro piensa, sufre, imagina, vuela, cree, sueña, crea?

Las imágenes mentales que cada uno construye en su ilusión por el cambio muchas veces se desentienden de la realidad, y la verdad pasa a ser un argumento de discurso que el otro no logra comprender.
           
Las imágenes, los símbolos, las apriorísticas apreciaciones confunden el imaginario colectivo y lo transforman en fantasmas de la desolación nada más que por una razón de desconocimiento e incomprensión.
Ponerse en el lugar del otro implica un compromiso.
Pensar desde el concepto de otro significa un trabajo con uno mismo que no siempre estamos dispuestos a emprender, porque por ahí nos damos cuenta que estuvimos creyendo en un sueño equivocado.

Porque por ahí descubrimos que la verdadera identidad de este otro es más sensible, más sincera, más cercana a nosotros en las realidades cotidianas, en las rigurosidades consigo mismo, con las vivencias e internalizaciones que hace de los verdaderos sentires y sentimientos de los otros, y el descubrimiento se nos torna difícil en la reconstrucción del otro.

Por nuestras propias imágenes.
Por nuestros propios miedos.
Por nuestros propios tiempos, que tal vez sean los mismos tiempos del otro, pero todavía no le dimos el tiempo necesario para la aceptación del conocimiento.

Ricardo Güiraldes  en Don Segundo Sombra, decía que sólo puede amarse aquello que se conoce.
Propongámonos el verdadero conocimiento del otro desde la postergada esencia del otro con uno mismo.

Aprendamos a aceptar al otro con la mente abierta a la propia lectura de lo que el otro se muestra.
Distingamos la alteridad desde el otro, no desde uno mismo.
Estudiemos el fenómeno desde el intelecto, pero también desde el corazón acostumbrado a querer a otro porque tuvimos demasiado tiempo para encariñarnos, para conocerlo, para perdonarlo, para aceptarlo tal como es.
Aceptemos el desafío del ejercicio cotidiano de aprender a ver por nosotros mismos quién es el otro, cómo es el otro, cuál es el mensaje del otro, qué pretende de nosotros el otro, cuál es el camino que va haciendo el otro al andar.

Para no ser como los conquistadores que empalaron a los indígenas de la selva colombiana por unas cuántas piedras verdes.

Para no ser como los represores que torturaron a Timmerman.

Para no ser llevados de la nariz por apreciaciones de otros que también quieren forjarnos una idea del otro que no tiene que ver con el verdadero otro que todavía no aprendimos a conocer, y por eso, nada más que por eso, no lo podemos aceptar.


EL HOMBRECITO



            No recuerdo cuando fue la primera vez que nos vimos. Entre el tumulto laborioso de cada jornada, era uno más entre tanto desconcierto de papeles y teléfonos. Apenas uno más.
Su mirada escurridiza era casi tan  sigilosa como su presencia. Tratando de mimetizarse entre los otros, en un esfuerzo tremendo por pasar desapercibido. No sabía si el esfuerzo era tan desmesurado por una urgente necesidad de no ser descubierto en su pequeñez, o tratando de ocultar el tamaño de su secreto.

No podría determinar si lo que pretendía en aquel momento era esconderse a si mismo porque no terminaba de aceptar su esencia, de tan inmostrable que se le hacía su secreto, o si la timidez que encerraba entre sus manos pequeñitas era más grande que toda su presencia.

Después lo supe.

Pero antes, hubieron de pasar demasiados antes para que pudiera comprender el por qué de tanta intriga. Recuerdo la agresión en sus respuestas una vez que dejó de ser fantasma. Casi sin sopesar los desafíos, pasó de ser una evanescente figura de la nada y se materializó en respuestas agudas, filosas, atrevidas.

Cualquier problema era mayor que todos los problemas, desde la duración de una llamada telefónica hasta la cantidad de empanadas que cada uno comería. La cotidianidad iba filtrándose entre los intersticios de una relación que comenzó siendo de compromiso, hasta lo que adiviné comprometida. Al menos de mi parte.

 Pero ya ves, parece que de mi parte siempre aparecen los errores en alguna parte del camino, y después terminan siendo demasiado costosos, demasiado pesados, demasiado penosos.

Esos errores que los demás te cobran porque estás distraído, porque dejaste de ser precavido en el momento justo en que comenzaste a mirar al otro por los ojos del otro, y la ternura te ganó entre los meandros de la comprensión, y comenzás a aceptar, y te permitís querer, y te dejás hacer.

Craso error.

El hombrecito era demasiado egoísta para poder trascender los muros que lo mantenían prisionero de su propia realidad. Una hiedra empecinada en ocultar cada uno de los ladrillos con que fue construyendo su personalidad iba creciendo con tentáculos de lisonja en las comisuras de mi debilidad, y lo que creía que era sincero se fue desmoronando en la argamasa de cada una de sus mentiras revoleadas con desparpajo.

A veces, la realidad se hace añicos contra el cemento de todas las certezas. Gris y ríspido y acerado. Cemento de hipocresías que yo no podía ver, porque pacientemente, con la infinita monotonía de la araña que va tejiendo su tela para atrapar su presa, el hombrecito fue tejiendo la misma trama para dejarme pegoteada en una amistad de asimetrías.

Tantas veces creí haber encontrado la amistad en serio, más allá de todas las diferencias que hube de sortear porque para algo existen las concienzudas y entramadas referencias a las construcciones del yo, del ello, del alter ego y todas las demás teorizaciones de la razón en busca de la verdadera palabra que diga compañía, paciencia, alegría, saber que estás y me acompañas en los momentos más duros de la vida de cada día.

Sin embargo, a diferencia de la cucaracha que se comió al hombre en una noche kafkiana hasta el delirio, el hombrecito fue construyendo su corpórea presencia de araña transparente cada día, dejando al trasluz sólo el voluminoso  y diminuto abdomen trabajado a fuerza de disciplina de gimnasio.

 Con perezosa monotonía trató de hilvanar cada día un tramo nuevo de la tela donde atrapar su presa, mariposa de la luz o de las sombras.

Y lo logró.

Vaya si lo logró.

El hombrecito de timidez rayana en perversidades, se alimentaba cada día con mayor avidez de los manjares ajenos, no importaba si la mesa era de banquetes platónicos o cálices socráticos de cicuta.

Tal vez, lo que el hombrecito no podía resolver era su origen. El odio visceral que lo ahogaba hasta en sus sueños, proclamando a gritos improperios que la vigilia no le permitía pronunciar. Por eso, desgranaba su pesar en las cuentas de un rosario de cruces invertidas, y rezaba al olvido el poder de la oración vaya uno a saber con qué pretexto.

Entonces, era Rosemary’s Baby y la cuna meciendo el niño embrujado del infierno interior de los meandros de su mente atribulada de prejuicios.

Era Polanski en el desenfrenado impudor de los sentidos tratando de abarcar todos los sentidos, preparando las zonas que después habría de disfrutar en manjares de servicios.

Era irreversible y anodino hasta el hartazgo, tratando de inventar historias de los otros porque por ahí las propias eran demasiado crueles para verlas con el pudor de la moral a cuestas.
Por eso, el hombrecito no podía apretar la mano en un saludo verdadero. Apenas la cadencia de unos dedos de uñas pequeñitas de niño a mitad de camino entre el adolecer de los sentidos y el dolor del sentimiento por todo lo que no puede mostrar porque su timidez a cuestas le impide legitimar su verdadera esencia.

Porque el pudor le envenena las entrañas cada vez, todas las veces que no se atreve a subsanar el impúdico y laberíntico personaje interior que lo lastima tantas veces cuantas son las miradas interiores que se anima a mirar para adentro y no poder.

Porque lo que el hombrecito no puede, de entre tantas impotencias resumidas o resueltas, es decirle a los cuatro vientos que es como es. Y aceptarse irónico, perverso, tímido hasta el denuedo, agazapado en las formas de desgranar las tentaciones y confundido en la forma de dar acaso lo único valedero que carga en su cruz el verdadero hombre.

Su verdad.
Su honestidad consigo mismo y con los demás.
Dar y recibir, como en la constante rueca que él sabe que existe más allá de los escondites de la sigilosa manera que él conoce. Dar enserio, para recibir del mismo modo.

Por todas las menesterosas maneras de pedir que cada uno lleva arrastrando en la conciencia.

Por todas las verdaderas maneras de tender la mano y cerrar el brazo en el abrazo, y pelear enserio por las cosas serias de la vida, y hacerse cargo de la compañía del otro, y del dolor del otro más allá del uno mismo.

Simplemente, porque el otro también a veces es un hombrecito menesteroso, diminuto y afligido en la propia imagen devuelta en la tristeza y el dolor.

Hombrecitos diminutos de conciencias apedreadas por vivir, agazapados en la coraza de verdades que la vida desafía cada día, y el dolor, el verdadero dolor de la aflicción, que solamente la pequeñez del hombrecito egoísta no es capaz de ver.

Hombrecito de pasos misteriosos, cadencia de saberes con que hilvanar encuentros, disfrutando la vana compañía de estar por estar.


Hombrecito que se pierde en la bruma de las lágrimas conjuradas a la irrefutable convicción de nunca más.

ADOLESCENCIA

ADOLESCENCIA

La vida es un sistema de ocurrencias,
Le canto al odio para recuperar el amor.
Arturo Sala

Corto manteca. No te lo hago porque no me gusta tejer y punto, -me contesta Alicia si le pido que me teja un pullover-, dice Arturo.

Y yo me quedé pensando en Alicia, en el tejido, en el pullóver, en la manteca. Qué tenía que ver todo ese cúmulo de ingredientes para la torta, de la que –a excepción de la manteca- me dejaban entrever que tu relación se moría de a poco, y no tenías fuerzas para decidirte a aceptar que te estaba haciendo daño. Demasiado daño.
Por eso, todo.
Por eso y por el todo.
Qué se yo.
Tremendo.
De la nuca, como dicen los pibes ahora, y vos te lo copiaste porque de alguna manera necesitás reforzar la hipótesis que laburás con pibes, que seguís siendo adolescente, que qué es la adolescencia sino este continuo adolecer que padecemos todos de alguna manera diferente, cada vez que nos dedicamos a esta honrosa tarea de crecer.
De ser maduros.
De dar ejemplos.
De saber.

El reencuentro fue glorioso.
Te había dejado de ver hace tanto tiempo, un día de junio con demasiado frío.
Te esperé.
Por alguna causa que ya no recuerdo, salimos juntos del Museo.
Yo era tu alumna.
Y vos, vos eras todo.
Mis sentidos te recuerdan enorme, con tu poncho rojo cruzándote los hombros, haciéndote de una majestuosidad grandilocuente.
Eras increíble.
Hablando de todo en tu clase de Arqueología, donde uno podía aprender creo que hasta a cocinar.
Hablabas de Lucien Goldmann y de Tran-Duc-Thao, con la misma cadencia que de Bórmida o del Nuevo Testamento.
Vos me enseñaste a releer la Biblia. Aprendiendo Arqueología, quién iba a decirme que terminaría recitando el Eclesiastés.
Porque vos me enseñaste que había un tiempo para todo.

Ahora, en esta invasión de sentimientos, tendría que rever cuál es el tiempo que nos toca. No se si habíamos sembrado algo antes, hace tantos años, y tardó esta eternidad en germinar la simiente. No se si estamos cosechando las agónicas sobras que los duendes y el dolor de tantos años dejaron caer sobre nuestra conciencia.
Tengo demasiados no – se instalados en mi tiempo de esta espera que fue demasiado larga si vos sos Buda y el cosmos destella vibraciones estelares convocándome a tu plenitud.
Fue hermoso encontrarme un día frente a un papel impreso que hablaba de tu nombre, perdido entre tantas pérdidas hace ya tanto tiempo, o cuando ser militante era un pecado, y yo me quedaba rezando en la Misa de siete en Santa Adela, junto a mis beatas torcazas de negro velo, que rogaban por mi inocencia y mis exámenes.

Por aquellos tiempos, vos eras un ilustre hacedor de vanidades y epopeyas. Yo? Yo simplemente, estudiaba.

Cuántos años menos son quince años en la cara y en el alma?

Yo tenía el pelo lacio y largo, prendido en una hebilla negra, colgada en la nuca. (Yo también estaría de la nuca, por entonces, a mi modo!).
Vos hablabas y seducías: y enseñabas, y convocabas, y seducías; y escuchabas, y movías a hacer cosas, y seducías. Y amparabas y seducías. Y un día muy frío de junio, a la salida del Museo, nos sentamos detrás del monumento a Colón, allá en el Bajo, detrás de la Casa de Gobierno – y hablamos mucho tiempo.
Cuando me fui, ya era de noche. Y en la oscuridad del tiempo, te perdí por quince años.

Por entonces, vos te habías separado. Tenías dos hijos. Habías vuelto a formar pareja. Tu primera beba había nacido, y con ella habías roto el círculo.
Por entonces, yo era virgen. De todas las virginidades posibles. Sólo los ojos cargados de las sombras del silencio. No se si andaba buscando a mis muertos. Se que me costaba demasiado esfuerzo este buenos aires sola y todo junto, y hasta mi pelo largo se reprimía al viento, atado en una hebilla.

Es increíble. Vos, que trabajás con imágenes, no recordás las imágenes que me vienen sin permiso, sin atisbos de vergüenza, sin el pudor que me enseñaron a demostrar y sentir para adentro y para afuera, porque mostrar los sentimientos compromete. Por eso nos enseñaron a callarlos. Por eso tanta necesidad de reprimir.

Tus imágenes están vacías, son neutras, no aparecen.

Mis imágenes se fundieron a mi recuerdo, y no puedo más que dejar fluir este bullicio que se desprende, incandescente – adolescente.
Y me dejo adolecer.

No sabés con cuánto pudor esperé tu clase. Volvía a ser tu alumna esta vez. Volvías a enseñarte. Tal vez, fuera el mío un necesitado fuego de recobrar imágenes perdidas.
Tal vez, más simplemente, tan sólo un reencuentro.
Recuperarte. Reencontrarme con un tiempo en el aquí y el ahora de este arrebol de repente, que me hace dejarme sentir que aquello perteneció a otro tiempo, a otro espacio, a otra gente. Porque vos y yo somos otros que aquéllos, otros que nos fuimos haciendo por éstos años, nutriendo nuestras formas en la puntillosa realidad de cada esencia.

Te vi llegar, como decía el tango.
Y me quedé en silencio.
En las primeras letras.
Me había propuesto no decirte quién era.
Esperar si te acordabas.
Dejarme aparecer hacia el final. No decir nada.
No pude.

Sabés quién soy? –te dije.
Nos conocemos? –preguntaste.

Realmente, nos conocíamos? Qué quedaba de lo que cada uno había adivinado del otro por aquél momento. Qué suponíamos que éramos, dos de dos que habían sido en otro nunca, en otra realidad, en otro tiempo.
No.
No sabías quién era ahora.
Como tampoco puedo decir si te conozco, salvo aquéllos datos de los hijos y las separaciones, y las nuevas uniones, en una época donde yo aún creía que uno se casaba para toda la vida, y se amaba con una eternidad de caracoles, y paría hijos en una felicidad de mariposas y corales.
No sabías quién era.
El tiempo se había encargado de podar mis pelos, mi ilusión, mi aliento. Mi nuca estaba ahora libre de hebillas y adornos, y creo que en la luz de la mirada podía notárseme más la muerte que hace quince años largos.
Qué podíamos saber quién éramos, Dios, y estábamos allí, frente a frente, frente a una multitud de espectadores, presenciando nuestro abrazo.
Que esta noche acudía a un encuentro de los tiempos y las gentes, con rumorosa preocupación de aprendizajes.

Separar sujeto – objeto fue tremendo.
El guiño en tu ojo derecho me habló del golpeteo en la mitad izquierda de tu cuerpo, de todo tu yo impregnado del tú que era mi yo, y a la vez eran todos los yo acunados por la eternidad de dos, que algún lazo de afecto habían logrado generar en otras dimensiones.
Y ahora se empecinaban en querer brotar por las imágenes y los conceptos que vos tratabas de impartir en esa clase, porque para algo estabas frente a ellos esa noche, y no era precisamente para encontrarme.

Sin ambages, allí estábamos, otra vez, mirándonos.
No sé qué extraño sortilegio convocó a tus brujas en mi nombre. Mi nombre y mi presencia eran el cántaro donde habías de saciar tu sed de mil años esperando algún oasis, en la etérea prodigalidad de algún cerezo.
Flor en ramo de lágrimas y estrellas, mi quietud se quebró desde el primer encuentro.
Flor de mil pétalos tu beso apresurado. Todo tu fulgor fue tan fugaz como tu aliento.
No pude acariciarte como pretendías.
No pude mezclar mi mano con el torbellino de tu piel arrebolada de placeres.
Yo se.
La gente cambia.
Con el tiempo, van meciéndose los días tamizando esperanzas y ganas de vivir.
Tu aliento, sin embargo, era el mismo. Sintiéndolo, supe que habíamos estado demasiado próximos en otro cáliz, bebiéndonos la espuma de otras vidas que ahora no quería negarme a compartir.

Seguís siendo enorme, aún a pesar de mi mano empecinada en no poder acariciarte.
La ternura de tu abrazo es un náufrago que clama por tenerme y que te tenga, en una acompasada fantasía que no alcanzo a comprender.
Nadie es tan dañino como para pergeñar maldades despiadadas sólo por amor. En esta sintonía de contradicciones y de recurrencias, donde cantarle al odio signifique necesitar desesperadamente encontrar el amor, solo siento miedo.

Tu cuerpo balanceándose en compases sobre el mío tan tenso como pudo mi confusión.
Tu cuerpo pidiéndome toda la pasión y la risa y el encanto de mi piel y tu piel fundiéndose en las sombras inconclusas de un amor contenido por espacio y tiempo que tampoco nos pertenecían.
Tu palabra cubriendo a borbotones la soledad de todos mis rincones, y mi boca entreabierta que no pudo contener el grito, que no pudo dominar tu caudal, que no pudo darte todo lo que desesperadamente tratabas de pedirme en manotazos transparentes.

Tu cuerpo es un pedazo de tu vida que tampoco tuve más que por un rato.
Tu vida es un pedazo de tu cuerpo que ofreciste con toda la fuerza y la pureza de un afecto contenido por los años.
No se.
Todo se vierte en resplandores acontecidos de repente, ofrecidos con la misma fuerza y con el mismo empeño en que ahora te negás a seguir siendo de a dos un rato más.
Qué es esto, te pregunto.
Acaso la mueca del pasado, encaramado a temores tan añejos, tan enraizados en falsos pudores, hizo que la ansiedad desmesurada nos pudiera.

Estar de la nuca hubiera sido un río de cocodrilos famélicos esperando mi cuerpo desnudo, acalorado en la siesta de algún trópico.
Estar de la nuca hubiera sido un paseo abrazados por Recoleta, envolviendo el idilio que nos une, y no nos animamos a compartir.
Estar de la nuca signifique acaso el corto manteca adolescente de decirme nunca más pero hasta luego, porque no puedo mancarme esta fiebre interior de sábado a la noche sin tenerte. Porque la semana suena a juntos, compartiendo el laberinto antropológico del hombre y sus contradicciones, y el prestigio y la represión, y tu exilio interior, y mi decir las cosas con rótulos, porque me enseñaron a ponerle nombre a mis inhibiciones.

Estar de la nuca, acaso no sea más que esto.
Pensarte sin tenerte.
Por quince años más.
Y acaso eso, solamente, sea la ilusión que tuviste de tenerme.
A pesar de las dedicatorias.
A pesar de los reencuentros.
A pesar de nosotros dos que no supimos sentarnos frente a frente y decirnos cómo estás? Porque era demasiado sencillo.
Y en este mundo completo por las iniquidades de la gente, a quién le importa estar juntos tan solo por eso.
Acaso, el manojo de tu boca en un ritual acabado, incompleto, delirante, circunflejo. Adolescente.
Acaso, la ofrenda de tu ser mezclándose en el eco de tu nombre que me nombra con sonidos diferentes, con nombres de comparsa, repitiendo cada sílaba con la solemnidad de un grillo.
Acaso, el grillo de tu beso que me dejó tendida en otra aurora, esperando los cristales caleidoscópicos en la gota de rocío, que vengan a mojar mi piel.

Mientras nos dure el tiempo.
Todos nuestros tiempos.
El Eclesiastés.

viernes, 24 de abril de 2009

mujer con sombrero





MUJER CON SOMBRERO


Lic. María Inés MALCHIODI
BECARIA BAS XXI
LITERATURA


Magdalena llamó al Museo. Quería saber el destino de la Mujer con Sombrero.
Yo, que apenas desgrano las Letras en una vocación que me contiene, me sentí en falta ante la necesidad de búsqueda de una escultura con historia. Tenía que tener conocimiento no solo de las Artes, sino también de la historia de las artes que me deslumbran desde la realidad de su estructura cada día burlando mi desconocimiento. Encontrarme con la obra de Sibellino fue parte de la búsqueda, el deslumbramiento de un encuentro con la pieza y la realidad del artista ante la propia búsqueda.
Eso de desgranar la piedra para hallar la forma, esa práctica casi memoriosa de la mano que modela, que estalla en formas cada una de las formas; esa orden del inconsciente que toma conciencia en la esencia de la obra, tiene para mí un toque mágico. La inspiración, la concreción de la escultura, la posibilidad de gestar el hijo de la alquimia de mente y cuerpo en la voluptuosidad de una pieza cualquiera sea el material que la contenga, en la intensidad de un encuentro con la idea para plasmar en formas la forma del espíritu y la mente, contiene la gracia imperceptible de los genios, en la genialidad de su creación.

Me encontré con Magdalena, sobrina de Sibellino. Ella trajo a mis manos una parte del artista que no tenía. Me acercó a la obra y también a la historia del artista. Ahora puedo conocer un poco más de qué se trata, y se los cuento.

Según me cuentan, el escultor Antonio Sibellino tuvo en San Rafael, provincia de Mendoza, la visión de comenzar a gestar la primera obra, el primer alto relieve, en todo el continente americano, cuya voluntad artística está regida por la abstracción. Al parecer, esta representaría la primera manifestación americana, de una antigua actitud esencialista para los europeos de origen oriental, semítico y egipcio, en una búsqueda en la abstracción la solución a la ansiedad de crear puntos de reposo, en medio de la fuga de los fenómenos, necesidades en medio de la caprichosidad, la naturaleza como aparente solución.

Dijo Sibellino: “En Mendoza, frente a la gran madre Naturaleza, alcancé la verdadera actitud contemplativa, limpia de vana retórica. Entonces, advertí la posibilidad de transmutar el paisaje en formas de libre geometría, de armonía poética.” Schopenhauer brinda una magnífica manera de expresar esta cuestión de la persona entregada a tal contemplación que deja de ser individuo, ya que el individuo se ha perdido en la contemplación y es puro sujeto del conocimiento, sujeto sin voluntad, sin dolor, sin tiempo…

Jorge Romero Brest decidiò que Sibellino figuró a la cabeza de los más osados, aceptando la geometría de Piero della Francesca. Nunca fue abstracto, ni pudo admitir especulación alguna que lo alejara de la experiencia que significara mirar y hacer para él a la que le gustaba aludir diciendo que era necesario tener las manos en la masa. Y porque precisamente las tuvo, su obra es tan enérgica y sentida como fue enérgico y sentido su verbo para exaltar a los mayores que supieron tenerlas como él.

A través de sus esculturas, Antonio Sibilino amó la vida, celebró la maternidad y el nacimiento del hombre, y amó la belleza y la verdad en la constructiva síntesis plástica de su obra. Esa obra que sobresale – a juicio de Romualdo Brughetti – en Torso, Mujer del sombrero de pluma, mujer del sombrero, Nacimiento, Niñez y otras piezas en el yeso, en la piedra reconstituida y el bronce, que han sido sentidas a la par con la mente y con el corazón, con obstinado amor del oficio y de la expresión artística y estética y con entrañable latido humano. Se manifiesta en ella un sentido íntegro de la vida y del arte.

Mujer con sombrero es una obra perfectamente característica del expresionismo de Sibellino: de esa maceración, de esa tortura de la forma, de esa facetización casi geometrizante de las formas que busca la expresión de lo humano aún a riesgo de caer en las proximidades de la fealdad, como una especie de voluntad de subrayar lo humano a través de un perfil realmente conmovedor, que es la propia imperfección de las formas, Córdova Uriburu sintetiza su análisis de esta obra con una frase de profunda sensibilidad: “un extraordinario artista, un excepcional artista, inclinado, lleno de amor, de sangrante amor, ante esa palpitante y conmovedora realidad que es el hombre”.

Sin abandonar el concepto monumental – formas grandes construidas reciamente –Sibellino logra dar el toque de emoción sentimental como corresponde al tamaño y la ubicación posible de la obra. La materia es trabajada en perfecta individualización, según se trate de una mujer o de un hombre. Sibellino ha logrado huir de toda truculencia y busca el modelado de la expresión más honda por un juego muy sutil de los valores.

Nacido en pleno barrio de San Telmo el 7 de junio de 1891, fue bautizado en la parroquia de ese barrio porteño con los nombres de Antonio Silvestre. Fue a la escuela llamada Amarilla, por el color de su frente, y luego a la Catedral al Norte, fundada por Sarmiento, cuyo rector Guillermo Navarro creó una cátedra de modelado a cargo de un maestro italiano. En una clase pública, revolucionaria modalidad introducida por aquella época, Sibilino reprodujo a estatua de Falucho con tal soltura y facilidad, qu fue felicitado por su maestro y los concurrentes, y el director le aconsejó a su padre que lo enviara a un taller de escultura.

En 1907 se transforma en alumno de Torcuato Tasso, cuyo taller estaba junto con otros en el Bon Marché, semillero de artistas, hoy Galerías Pacífico. Continuó sus estudios en la Academia de Bellas Artes y en 1909 fue becado por el Congreso Nacional a la Academia Albertina de Turín por tres años. Por esos tiempos, el Congreso de la Nación creía que el porvenir de un artista bien valía una ley. Tenía 17 años y fue el becario más joven. Alquiló un taller y trabajó en la más absoluta soledad de los adolescentes. Trabajó en la fabricación de cimientos sólidos, un riguroso método de trabajo sin demasiado esfuerzo, considerándose muy buen conocedor del oficio de dibujante y modelador.

El dolor por la muerte de su madre en 1910 imprime un sentido trágico a su vida a la vez que su espíritu sensible se orienta hacia una marcada preferencia por una nostálgica temática maternal.
En 1911 logra el sueño de instalarse en París, liberándose de modelos en yeso y los dibujos y atraído por la tromba escultórica que representó en Europa Rodín y luego Bourdelle, su discípulo, al tiempo que en Italia estalla un acontecimiento que revoluciona las artes plásticas y la literatura, el futurismo. Es el manifiesto futurista, que tiene mucho de literario y que, no obstante la seriedad del mismo, acaso sea el primero y más logrado intento de aplicación de la propaganda, en la modera acepción del término, a las Bellas Artes.

Sibellino acusa el impacto, lo absorbe con su temperamento ávido y curioso, y lo guarda para cuando madure y se estacione, esperando la oportunidad de mostrarlo. Tanto en Italia como en Francia, lee y estudia historia, geografía, literatura y filosofìa. Completa su cultura clásica y humanista que sirven para su evolución plástica.

En 1925 aparece por primera vez el tema de la Mujer con sombrero, que se trasformará en la médula de su obra en una suerte de leit motiv de su vida. Para ella busca con acuciante ansiedad una modelo. Comienza el tema final de su plástica, tanto en escultura como en pintura. También en su vida de relación, en su intimidad de hombre. Con ella ganará el 1956 el Premio de Honor Ministerio de Educación y Justicia de la Nación.

En la abigarrada lista de los premios que ha obtenido, tenemos una apretada síntesis de la magnitud y valía de la obra de Sibellino. Por razones de espacio, haré honor a ella en otra entrega.

El Museo Provincial Dora Ochoa de Masramón tiene el privilegio de contar con esta obra, en el reservorio del Patrimonio Cultural de la Provincia.
Gracias a Magdalena Hermitte, que se interesó por la obra de su tío Antonio Sibellino, hoy puedo contarles algo sobre la historia del arte y el arte de la historia de una parte de nuestra cultura más sacralizada y menos reverenciada por el desconocimiento y la irreverente irrespetuosidad que hacemos de nuestros consagrados.

Gracias, Antonio Sibellino.
Gracias, Magdalena.


EL NIÑITO DE LA BICICLETA


La casa era vieja y señorial. No se si por la historia acrisolada en sus ambientes, por la estirpe de sus dueños anteriores, o por la vida interior que cobijaran sus salones. Pero algo había en su espíritu que aquietaba las paredes, en runrunes de pisadas en sus patios, en algún ruido al pasar que se escuchaba en ciertos momentos del día, sobre todo a la hora de la siesta.

A veces, al abrir la cancel los lunes por la mañana, un revuelo de ánimas alborotadas parecía querer ganar espacio entre la puerta vidriada y la de la entrada, tropezando con los goznes de ambas puertas. Un ruido a hojarasca en remolinos venía desde el fondo, como desde la que antaño fuera la despensa y la cocina, y se agolpaba con furia en el patio anterior, abrazándose entre las rejas que daban a la calle.

Por esos días, funcionaba en esa esquina una oficina pública. No era una oficina de las tantas, no. Se destinaron los espacios para diferentes quehaceres con el paso de los tiempos, hasta que por fin, a alguien se le ocurrió que esos salones se prestaban mejor para otras cosas, para otras actividades más elegantes, para el deleite de las contemplaciones de un pasado de Historia y Cuaternario.

Se distribuyeron los espacios, se dividieron las secciones, emplazaron vitrinas y mobiliario, reorganizaron horarios y actividades. Daba gusto presenciar de vez en cuando el esplendor de una casa de juventudes remozadas y público engalanado con su atuendo de salida de cultura o esnobismo. Fuera cual fuera la invitación que organizara la agenda de tanta gente encumbrada y bien pulida, la casa estallaba de esplendores aquietados en la sobriedad de sus salones. Las luces de la imponente araña del zaguán de la entrada refulgían de caireles cristalinos en la solemnidad de las presentaciones. Todo era brillo y elegancia, murmullos y caleidoscópicas gesticulaciones que ora reían, luego se emocionaban, más tarde se divertían, estallaban en los brindis de los vernissages con una algarabía de fiesta, hasta que la soledad de los cuadros se hacía cada vez más sola, cada vez más aquietada, cada vez más anodina.
Entonces, la gente volvía a acomodar sus chales en un ademán de sobremesa, los besos de despedida aleteaban en mejillas neutras hasta caer en el vacío ruidoso de sonrisas, uno a uno se retiraban conocedores, invitados, curiosos y entretenidos, hasta que la casa volvía a cerrar sus puertas a la soledad de ánimas en su domicilio.

Algo tenía que ser que allí ocurría. Poco a poco comenzaron a correr las versiones y los dichos. Primero, al regresar a las tareas de lunes por las mañanas, los muebles estaban corridos, las puertas entreabiertas, los catálogos desparramados, pisadas de ángeles en la cocina.

- El sábado anduvo el niñito de la bicicleta- contó Pocho el lunes a la hora de la merienda. – No sabe cómo corría por los pasillos, se conoce que estaba contento, gritaba y se reía, toda la mañana anduvo dando vueltas…

Felisa lo miró, descreída. Uno a uno fuimos acercándonos a Pocho para escuchar lo que decía.

- Qué, usted no lo sabía? Aquí había un niñito, dormía en el cuarto del fondo, al lado de la sala de restauraciones. Dicen que murió de chiquitito.

Nos quedamos callados. Felisa sintió que la piel se le ponía como de gallina, toda crespa a pesar de no hacer frío. Y eso que era un cascabel, pura alegría. A ella le tocaba cerrar a la tarde, y quedaba sola apagando luces y controlando puertas. Pero después, lo tomamos como de quién venía…

El martes, cuando llegamos, en el medio de la sala de la esquina, había una pelota de goma, de esas antiguas, con rayitas.

- Ah, si… -dijo Pocho, pura agitación y fantasía. Los ojos se le salían del rostro. - La otra vuelta - prosiguió - el niñito largó la bicicleta en el medio de la galería y se puso a jugar a la pelota. Se ve que estaba contento, porque no sabe cómo se reía. Se divierte tanto, juega, revolea la pelota por los salones… Si cuando vengo los sábados a abrir las salas para las visitas, hay veces que los turistas se quedan mirando para todos lados, porque se escuchan risas… Dicen que acá a dos cuadras hay un hombre importante que venía cuando era chiquito, y jugaba con el niñito…

Felisa lo comentó con Eduardo y con Graciela. Todos quedaron de acuerdo con estar atentos, cerrar bien las puertas, que todo quedara en orden para no tener más sorpresas. No era que pasara algo, solo que estas cosas, nunca se sabe, por ahí dan miedo, se produce un cosquilleo que inquieta y deja como pensativo…

Cuando Pocho dejó de trabajar en esa oficina, la cosa se puso más rara. Lo tomaban con picardía, atribuyendo cada circunstancia extraña al niñito de la bicicleta.

Ese invierno que siguió fue agitado. De cuándo en cuándo se veían pisadas raras, como de niño, a la mañana temprano sobre el piso encerado. Cuando se cambiaron los cuadros de la sala de plástica, aparecieron obras de importancia reconocida. Del depósito sacaron una, bellísima. Le habían pintado un triciclo verde. Iba conducido por una mariposa verde y lila, que llevaba de la boca unas riendas como de muselina. Todos los días amanecía torcido.

Desde que se colgó ese cuadro, todos los días se escuchaban voces, gritos de niños, algún bullicio. Pisadas de pies chiquitos, cada vez más marcas en los pisos. Marcas como de bicicleta, y algunas, hasta parecían de triciclo. Las voces se hacían gritos, por momentos todo era un revuelo de carcajadas de niños.
Subieron a los techos, revisaron el sótano, controlaron las obras, recontaron las piezas de yeso, de asbesto, de cartón piedra. No faltaba nada pero estaba todo movido, en lugares diferentes cada vez, las luces aparecían encendidas cuando se dejaban apagadas, apagadas si las dejaban encendidas.

Un lunes, la puerta del depósito apareció entreabierta. Felisa juraba que había quedado con llave. Pero estaba abierta. El silencio era pesado, pastoso, pringoso. Mientras las mujeres controlaban todo, el viento golpeó una puerta. Se sacudió una cortina, un cuadro cayó de golpe. Era el cuadro del triciclo, la puerta estaba cerrada, también las celosías, no había por dónde se colara una brisa…
Sonó una carcajada al otro lado del patio, un bochinche de vidrios rotos, otra vez el cuadro en el suelo… El manubrio del triciclo estaba torcido, una rueda se le caía …

Se miraron despavoridos. La piel de Felisa ya era de gallo, ni siquiera de gallina. El miedo le invadió la risa, por un rato quedó helada, nadie podía creer lo que sentía. Después, volvió la calma, todo quedó como estaba, las visitas recorrían los espacios señoriales, nadie hubiera podido creer que allí había nadie más que los que se veían.

El niñito de la bicicleta era un sonsonete al que acudían cada vez que algo salía torcido, que se perdían las cosas, que se escuchaban demasiados ruidos desconocidos. Después de ese lunes en que la puerta de la sala de restauraciones volvió a aparecer empujada, abierta de par en par y con pestillo, decidieron rezar un rosario y colgar un San Benito.

Pasó el verano, se calmaron los gritos, las huellas desaparecieron de los pisos.
Una noche, todos se rieron cuando al salir a cerrar la puerta se sintió un rumor de pasos, y como si fuera el ruido de unos pedales de bicicleta moviéndose hacia atrás, con las ruedas fijas.

- El niñito de la bicicleta - rieron todos.
- Tené cuidado, te va a llevar a dar una vuelta , chanceó Graciela.

Eduardo y Graciela se fueron por adelante, Felisa quedó cerrando las puertas desde el frente, controló que estuviera todo, saldría sola por la trastienda.

Al día siguiente, no fue a retirar la llave para abrir la oficina. Todos estaban esperando para entrar al trabajo pero Felisa no estaba. No había avisado nada, qué raro, nunca faltaba. Llamaron a la guardia, vinieron de Seguridad, abrieron la puerta de rejas, la del zaguán, la puerta vidriada con anagramas de la cancel y allí, pintada con huellas de rodado lila y verde en los pliegues de su falda, estaba Felisa sentada en el suelo, dormida, sonriente, extenuada. A su lado había una pelota de goma, de esas que tienen pintadas unas rayitas.

El triciclo no estaba en el cuadro. Sólo la mariposa de alas lila y verde volaba con las riendas al aire. Apoyada sobre la pared, una bicicleta de antes, de rodado veinte y asiento rojo, como de cuero, gastadito.

En la puerta de atrás, estampada en el vidrio, la cara sonriente y feliz de un niñito.
Afuera, en el patio, había un triciclo.