miércoles, 24 de febrero de 2016

romance para mi niña

POESÍA III


Sobre mi regazo
acomodé tu espalda.
Incliné tu cabeza en el cuenco
de mi brazo
izquierdo.
Pasé mis dedos
desenredando la maraña
de tu pelo.
Besé tu frente,
cada uno de tus ojos,
apenas rocé tu boca
con mi beso.
Un nido de mariposas gualdas
echó a volar
en el centro de mi pecho.
Te amé en silencio.
Acompañando
los latidos de todo el cuerpo
sentí latir mi vientre
entre tu aliento.
Besé
la palma de tus manos,
cada uno de tus dedos.
Sentí el calor
arrebolado
de tu cuerpo,
la energía del cosmos
atrapada en mi regazo,
el temblor  de soles y volcanes
derramando lava en las  simientes.
Cerré los ojos.
Eché hacia atrás mi cerviz
 y gocé sin verte.
Sin tenerte,
estabas ahí,
entre los pliegues de mi anhelo,
agazapado,
trémulo de amor desconocido,
tímido
hasta el ocaso del día siguiente.
Por todo eso
y mucho más
te amé esa tarde
y otra,
y otra más, silente,
hasta - por fin –
tenerte.

ROMANCE PARA MI NIÑA


En su nidito de espuma
está mi niña dormida.
¿Dónde quedaron tus sueños,
dónde se han ido tus días?
Niña, mi niña te busco
niña, mi niña perdida.
¿Dónde se esconde tu llanto
jugando a las escondidas?
En las paredes del tiempo
donde lloró el alma mía;
en los pliegues de mi cuerpo
niña mi niña chiquita.
Qué dulces fueron mis sueños
cuando tu corazón latía
muy cerquita de mi pecho
muy adentro de la vida.
Qué tristeza tengo ahora,
niña mi niña querida.
Este dolor sin consuelo,
esta llaga y esta espina;
los espasmos de tu llanto,
la tristeza de tu almita.
No llores niña, mi niña.
Los ángeles te llevaron
a aquélla casa bonita,
la Virgen te daba flores
y en sus brazos te mecía.
Los ángeles te acunaron,
chiquita, bebita mía,
velo de noches muy largas,
plumón de espuma y caricias,
canción de cuna y silencio
duelo de llanto y cenizas.
Hoy yo te suelto las manos
niña, mi niña chiquita,
beso tu pelo en el aire
y sueño que me acaricias.
Tal vez estarás bailando,
tal vez soñando, dormida,
en una cuna de estrellas
con sábanas de strelitzias;
tal vez cantando en un coro
de ángeles y golondrinas,
niña, mi niña dormida.
En un cielo de ilusiones
estás, mi niña querida:
con la pureza de tu alma,
bendíceme el alma mía.


laura

LAURA, MI AMIGA.

No se qué decirte.
Que te extraño.
Que te busqué  en la plaza de esta tarde, con este sentimiento inocuo de buscarte porque si, porque no me acostumbro a pensar que te fuiste sin siquiera despedirte.
Acaso como fue tu vida de siempre, en el aparecer pendular de tu presencia que se ocultaba de repente porque estabas triste, por tu angustia duradera a pesar de tu inquietud por hacer de tu vida algo más que el telar de artesanías donde nunca lograste entrelazar tus sueños.
Pero te fuiste.
Y yo me embarqué en el velero de la duda preguntándome mil veces si hubiera podido retenerte. Si hubiera logrado hacer que te quedaras aún cuando tus ojos se apagaban cada día un poco más en la amargura solitaria de tu juventud sin compartir.
De tu miedo perpetuo a no poder perpetuarte en hijos.
En tu enfermedad constante que se iba quebrando en lirios de muselina con el paso de los días.
En tu no poder quedarte ni un solo momento quieta, porque la quietud detiene el devenir de la vida.
Contradicción.
Contradecirte una y cien veces en tu pasado infeliz; que no lo fue por alcohol, no por drogas, no por sexo en demasía, pero te comía la insulina en cada jeringa que quedaba vacía, y vos por un rato menos vacía, o más vacía, ya no lo se.
O más llena de tristezas.
O más carente de fuerzas.
O más repleta de ideas que bullían en un corazón empecinado a no agrandarse más. Porque ya no se podía. Porque de todo lo que dabas, de todo lo que diste, siempre quedó la marca en tu corazón, o tu corazón impreso en otro sello, en el  del que recibía.
Laura.
A qué buscarte.
Si la ciudad ya no te nombra.
Si la ciudad sin Laura perteneció siempre a los catafalcos de libros de todos y de nadie en la noctámbula Avenida Corrientes, de este Buenos Aires que te quedaba chico, te oprimía.
A qué buscarte en el florista de la puerta de tu casa, que cada vez que me encuentra mira en mis ojos la soledad de tu partida. Y ya no le alcanzan los jazmines para endulzar mi recuerdo. De tantos recuerdos tristes me he quedado sin jazmines. Y la noche de Buenos Aires era una excusa oscura para alejar tus penas en la calles sin penumbras.
Y caminar tus calles, y repisar tus pasos, y encontrar el eco de tu amistad compartida. De tu mirarme desde el fondo de tu identidad perdida; de tu caminar ligero, sobre las veredas rotas y tocar el timbre, queda, esperando ser recibida con la cabeza chorreando, empapada de neblina.
Laura.
No puedo entender tu ausencia.
No puedo esperar que vuelvas, y te busco en cada voz que resuena en mis esquinas, donde te busco y no te encuentro, donde te encuentro sin buscarte, porque estás en cada cosa que tocaste y me quedó de todas las Lauras, la mejor. La de mi mente. La de mi corazón.
La del recuerdo.
La del pensarte sin olvidar jamás de tu miedo por tener que irte un día y no encontrarnos más, café por medio, a través del humo que te comía los pulmones pero calmaba tu ansiedad.
Una ansiedad poblada de fantasmas que divagaban por manicomios blancos donde todas las puertas  se abrían a tu sueño, y no supiste entender que era la eternidad.
Tenías miedo a las heridas que la gente hace a la gente porque es así, a quién le importa encontrarte tirado y vencido, sin ganas de luchar. Y ver pasar los días, hasta los años, quizás, con una rutina perenne de eucalipto plantado al azar.
Y sentir tu soledad.
Y medir tu miedo.
Y aplacar tu mal.
Y buscar tu mano y ayudarte a dar. Y correr el riesgo de golpear tu puerta y encontrarte mal.
Y verte.
Y hablarte.
Y ayudar a ayudarte.
Y leer juntas a Adán Buenosayres, y a Benedetti porque daba ganas de pelear. De jugarse a la vida, de animarse a recorrer los caminos que tus treinta años de vivir peleando, te hicieron dura en tu dureza, cayo de hiel que resbalaba arena y no te dejaba prender del que querías, por las dudas.
Porque a lo mejor, fallaba.
Laura.
Por qué?
Ahora, mientras afuera el viento arrulla un sueño de torcazas, veo una hoja de papel amarillento como el  tiempo que a la deriva vuela. El parque verde va acostumbrándose al otoño imperturbable, que lentamente irá cubriéndolo todo. Los árboles y el pasto, las hojas y los pájaros, y hasta el color del sol será un color de otoño cuando el olor de la tierra anuncie su color.
Sin embargo, vacía estoy con el lenguaje de tu ausencia. Como en Mayo 27, te acordás?
He quedado vacía de tu hoy, vacía de tu esencia, rumor de pasos huecos en el pasillo de tu casa, de mi casa, del recuerdo.
He querido decirte tantas cosas, pero sólo me sale al encuentro un gusto amargo en la comisura de mi boca.
No he podido contarte del enjambre de abejas pequeñas que descubrí en un paseo, y ahora lo siento aquí dentro, en el lugar donde mi alma le cedió espacio al tiempo.
He querido decirte que miré al cielo de Buenos Aires una tarde y el sol de invierno en las sombras de los árboles me devolvió tu silencio. Y sentí que me perdía en una ciudad tan grande, que me dejó sin vos, mi amiga en la esperanza, mi hermana en el dolor.
Después pasé por la plaza. Esa plaza de invierno, de juegos para niños, de jubilados sin ritmo, de sol blanquecino en las hamacas y en los triciclos.
La plaza donde vos llevabas a Victoria (qué contrasentido! Ni siquiera ésa fue tu victoria). Y yo paseaba a mi hijo.
(Qué habrá sido del padre de Victoria cuando terminó la represión, el punto final, el nunca más, todo eso…!)
(Qué será de Victoria ahora, a más de treinta años de aquéllos días de sol y paseos en la plaza…)
Mi hijo, Laura. Que vos mirabas celosa, que sostenías en bamboleante cadencia de pasos primerizos, que vos cuidaste afanosa, por presentir que no tendrías un hijo.
Mi hijo, que aprendió a caminar el día que vos partiste.
Yo, que abrí mi mano para que él aprendiera a dominar sus pasos.
Vos, que abriste tus manos al amparo de Dios.
Ni siquiera se si te acordaste de Dios en ese instante.
Ni siquiera se cuál fue tu Dios, a lo largo de tu vida. Y sin embargo, me quedé con tu Cruz…
Ahora, mientras siento el otoño en el canto quedo de los mirlos, otro gusto amargo se filtra por el surco de mi cara. Apenas un profundo embargo por la soledad de tu partida. Como si resultara escaso. Como si fuera poco eso, para saber que no estarás más.
Una angustia perpetua en la salacidad de mi retina empecinada en recrear tu imagen cada vez que el recuerdo te trae a mi cabeza, y mi mente queda chica para albergar tanto recuerdo.
Laura.
Me acuerdo de tus manos.
Me acuerdo de tus pasos por el corredor del tiempo.
Me acuerdo de tus ojos sacudidos de llanto bajo tu pelo lacio, porque te daba lástima el sufrimiento del mundo y de la gente inocente, que no tenía idea del mandato pérfido de sufrimiento de aquellos días.
Me acuerdo de tu llanto por tenerlo todo y estar vacía al mismo tiempo.
Ahora, mientras una tímida araña entreteje despacio la razón de su vida, a través de mi llanto puedo ver la perfección de su tarea. Para eso nace. Y lo acepta. Tal vez, porque no sabe de otra cosa más que de moscas y de insectos, de huevecillos y de hijos. Sus hijos. Los hijos de la araña. Como cualquier hijo.
Yo, pobre yo que aprendí de letras y derechos, no logro hilvanar la imperfección de mi existencia.
No puedo acostumbrarme a la soledad de mis diálogos sin vos.
No puedo comprender que los huecos de la gente que queremos no vuelven a llenarse con más gente.
Me cuesta aceptar lo que conozco. Me cuesta reconocer que el polvo que se lleva el viento no vuelve a reunirse en el mismo cuenco.
Que la vida siempre nos deja imágenes vacías.
Que las formas se derriten en el crisol de la vida misma.
Que el huso volverá a entretejer la fibra, quedamente, hasta que de vos no quede más que una pálida sonrisa evocando el ayer de tu amistad, paloma al vuelo en aleteo de plumas blancas en busca de tu ansiada  libertad.-



otra vez febrero

OTRA VEZ FEBRERO

Aún es febrero y sin embargo, las hojas de los plátanos languidecen, glaucas.
Un rumor de hojas secas acompaña la brisa de este mediodía que pronto será tarde ventosa, con pesados nubarrones entrelazándose en la siesta en que te espero, apática.
Siento un ruido a hojas secas pisoteadas en la calidez del alma.
Con cuánto afán pensé que te vería…
Con cuánta sencillez te abrí mi alma y te dejé pasar…
Sabés?
Tengo una dureza incolora en el medio del corazón, aquí, clavada como para no dejarme respirar. Es parte de mi desilusión a cuestas, después de haber creído tanto en vos.
Un puñado de viento enardecido se hace molestia arremolinada en tu pelo.
Necesito de tu presencia inventada porque si.
Nadie más que yo te he inventado en este intento desesperado por no sufrir, y aquí estoy, sufriendo igual por tu silencio.
Una empecinada fuerza me  hizo creer que aún había vida interior en esta calcinada forma de mi esencia.
Una empecinada insistencia de traerte a mi mente  en materia y forma sin oscuras consecuencias.
Tenía para vos toda la ilusión del mundo acrisolado entre mis párpados que te miraron con la ensoñación del muérdago.
Tenía las ganas de quererte, la necesidad de darte toda esta inmensa posibilidad de reír con tu risa, de soñar con tu sueño, de amar con tu amor.
Tenía para darte y para darme la necesidad sublime del afecto sin dobleces, sin temores, como la primera vez y sin embargo, una mágica fuerza enardecida se encargó de mutilar tu fibra en tantas partes.

Ya no se cuál es la fuerza que desata mi ánimo para seguir latiendo en la fuerza de este viento que continúa su viaje hacia insospechados caminos, en la búsqueda irrefrenable de otros hombres que despeinarán sus cabezas con la inarmónica fuerza del dolor acunado por el viento que te trajo y te llevó tan solo para saber que aún vivía, transida de ilusión y desesperanza, hincada ante mi misma rezando para no llorar la pena de saber que no vendrás.

despedida/75

No quisiera despedirme de vos.
No me gustan las despedidas.
Es por eso que quiero dejarte algo que pueda acercarme a vos dondequiera que te encuentres.
Para perdurar un poco en este encuentro y sepas que, antes que nada, después de todo, es la propia esencia la que hace de los hombres la virtud.
Entonces, recuerda siempre que serás un hombre- ser- humano en la medida que te lo propongas.
En tu constante hacerte diario de todos tus esfuerzos.
No los escatimes.
No desaproveches nunca tu fibra.
Trata de encontrarte a vos mismo en tu interior, allí donde los otros no llegan a penetrar tal vez; donde se esconde tu verdadero ser.
Y no te engañes.
Porque sufrirás por vos mismo tus propias consecuencias.
Se noble con vos mismo para poder abrirte noblemente a los demás.
Porque será así como encontrarás la alegría tuya de saberte capaz de afrontar lo que sea, pero con la convicción de haber hecho lo mejor.
Por vos y para los demás.
Convéncete que los demás son –siempre- un poco uno mismo, y espera.
Nunca te niegues a dar.
Recuerda que también te gusta recibir.
No seas egoísta.
Y cuando creas que todo es en vano, no te escondas en la cobardía de creerte vencido.
Inténtalo una vez más y espera.
Nada es imposible cuando se tiene voluntad.
Ejercítala.
Será la magnitud de tu trabajo constante sobre tu propia persona que  modelará tu grandeza.
Se cauto.
No arriesgues en devaneos.,
Pero cuando emprendas con honestidad tu acometido, no olvides que con la fuerza que templaste tu persona, dejarás tu forma en tu tarea.
Nunca prives de alegría a tu sonrisa.
Esfuérzate por ser feliz.
Haz  lo posible por encontrar en las pequeñas cosas, la gratificación por lo que hiciste.
Y por sobre todas las cosas, trata de vivir en paz con vos mismo y con los demás.
Es la mejor manera de perdurar en los otros.
De sentir que has dejado algo de vos.
Es por eso que en mi saludo de hoy, no te digo adiós, sino hasta siempre.-

25- XI-75

llévame a verlas

LLÉVAME A VERLAS

Una fría neblina llegaba desde la bahía atravesando los bosques. El mar estaba triste, como de hastío y temblor. Las gaviotas pasaban planeando quedas, leves cometas de niños en la plaza del pueblo.
Margot estaba sola.
Sola de todos los silencios.
Sola de todos los amores.
Caminó sin prisa sobre los guijarros, agachándose a veces para recoger alguna concha.
Quería huir de ese pasado que -sin embargo-la acompañaría a todas partes. La arena se pegaba en las piernas como el pasado se encaramaba a su espalda sin pudores.
Margot sabía ya de todo esto pero igual necesitaba huir. Pasó la mano sobre la piel de sus pantorrillas y alcanzó a desprender una mezcla de arena gruesa y conchillas que apenas lastimaban su piel. Le pareció que alguien venía corriendo detrás suyo, pero intentó disimular su curiosidad.
Tenía frío en la piel y en el alma. Para qué distraerse? Nadie vendría a abrigarla. La desilusión corría por todos los rincones de su itinerario. Tenía amarga la boca de todos los sabores. Para qué sentir?
La brisa ya era viento cargado de neblina,       que no le dejaba ver el bosque. Su cuerpo estaba ausente, envuelto en un corset de melancolía que a veces la hería hasta el dolor. Para qué vivir?
Miró hacia el mar y en ese instante, una gaviota en picada cruzó las coordenadas de la tierra y se internó en el mar por su comida. Un pequeño calamar agitaba sus tentáculos en el aire mientras duró la efímera ceremonia del banquete. Se detuvo un momento al observar la rutina de los siglos, y de golpe -a sus espaldas- se dio cuenta que pasaba alguien. Recordó que alguien corría por la playa, detrás suyo.
El se detuvo, movió la cabeza con lentitud, sonriendo y sudando.
-Hola, dijo displicente.
Era hermoso. Joven y apuesto como hacía tiempo no veía a nadie. Un hoyuelo atrevido se dibujaba a cada lado de su boca, insinuante.
Hermoso, pensó Margort mientras corría un insistente mechón de su pelo que se prendía -atrevido- de lo poco que quedaba de su sonrisa.
De golpe, se dio cuenta que estaba despeinada y sin pintura. Una mueca de coquetería  en su piel cansada de llanto, la devolvió a la vida.
- Viste las focas recién paridas al otro lado de la bahía?- preguntó él, mirándola a hurtadillas, jadeante aún por su trote.
Y ella sintió la invitación a la vida sin tapujos, sin oscuras consecuencias. Midió en silencio la profundidad de aquéllos ojos, y acomodándose otra vez el pelo, se escuchó decir como en susurro:
- Muy bien: entonces, llevame a verlas.


feliz año nuevo

Una profunda tristeza invade mi corazón.
Justo a pocas horas de un año que se va, mirando la imagen de una virgen de madera que me contempla sin mirar, siento la pena profunda de una incomprensión que tal vez sea ignorancia.

Desde la sencillez de la palabra nunca pronunciada, comienzo a devanar el hilo conductor de los meandros del cerebro, la mente atenta a cada uno de los lazos que se ovillan en la mano, para así brindarlos al análisis sin demasiada prisa.

Con pena, pero sin pausa.

Con pausa, pero sin demasiada tortura.

Con la premura vacua de tantos años de sentir que han pasado en vano, para una comprensión que no llegará nunca porque la palabra es esquiva, porque no se pronuncia, porque es inadecuada, porque no existe la palabra cuando dos no hablan.

Tengo la sensación de haber estado acompañada treinta años por fantasmas.
Fantasmas inanimados a veces, que se han movido a mi alrededor como marionetas dirigidas por la mano experta, descarnada, venosa, cavernosa y sutil de una gran precisión que torció todo hacia el mal, cuando ser bueno es lo mejor del mundo…

Siempre he dicho que a algunos, el dolor retuerce en el camino del mal y lo deforma.
Deforma la mente, deforma los sentimientos de la gente, deforma el bienestar que se transforma en algo que tienen algunos otros porque tienen cosas, objetos, materia, presentes, que lucen y deslucen al compás de un vaivén que ni siquiera es propio.

Tal vez, se trate de presentes demasiado diferentes.
Tal vez, no sea más que la ilusión de vidas vividas de maneras similares, cuando en realidad han sido tan distintas, tan elevadamente diferentes, que se encauzaron por circuitos nocivos, espantosos, dialécticos.

Casi seis décadas van desfilando por ante mis ojos vacuos mientras la virgen continúa mirándome.
Tantas lágrimas y risas hay tejido esta telaraña de mis años, que miro para el centro de la misma y la araña está gorda, reluciente, cargada su panza de millones de crías dispuestas a desparramarse por los hilos incandescentes que acaso, mañana amanecerán cuajados de rocío.
O tal vez, las lágrimas sean las gotas que simulen el rocío que se desparramó por mis mejillas cada vez que el dolor quiso que mi alma se fortaleciera.
Y la puta que está fuerte.
Cada vez cuesta más que el plexo se abra con tanta fortaleza
Tengo el pecho duro, férreo, de coraza de hierro enardecido. Lo siento gris, sin óxido, apenas herrumbrado por el tiempo.
Casi seis décadas de fortaleza hacen que el orín se filtre por ahí en algún surco…
Y sin embargo, no logro que esta lágrima insolente se derrame entre los mantos de la virgen que continúa allí, mirándome mientras carga un niño apenas nacido, y ya sonríe.
“Yo te sostendré en mi regazo”, me dice, pero yo – incrédula y con poca fe- apenas si tengo un hilo de esperanza.

La fortaleza va dejando espacio para un dolor cansino, en el que empaco las pérdidas de a pedazos, como en jirones que alguna vez volverán a corporizarse fuera de mi, y seremos otra vez un montón de gente amada que volverá a encontrarse.

Mientras tanto, pienso en esta historia que acongoja mi espíritu en este instante, desde esta tarde, cuando repasé de un manotón tanta historia compartida sin afecto, sin encuentros, sin sinceridad.

Hablamos de solidaridad, y cuánto egoísmo adivino en tus gestos excluyentes que hacen que a veces podamos compartir espacios y tiempos y otras veces, tu puerta se cierra para dejarnos afuera.
Como si la familia se construyera de a pedazos, en bloques excéntricos, que dispersan en lugar de aglutinar.

No logro comprender cuánta incomprensión habrás tenido en toda tu historia de más de seis décadas para querer ganarle al tiempo en la materia, mientras  tu cuerpo y tu mente se resecan cada día un poco más.
De toda la posibilidad de afecto que tuviste en tu vida, dónde quedaron las ganas de hacer que tu vida florezca de verdad, como si pudieras comenzar de nuevo y darte cuenta que el resentimiento, la desconfianza, el uso desmesurado que haces de la gente cuando te sirve no sea el motor que te impulse a mover tus actos en una sola dirección.
Por eso te sorprende que alguien pueda ser considerado y agradecido.
Porque la gratitud no es una acción que surja libre de tu pensamiento y de tu corazón.
Por eso te molesta la nimiedad de un diálogo insulso que pueda decirte como entre pares que sos de una determinada manera, cuando en realidad lo sos, pero no lo puedes convalidar.

Una vez, te dije que no sabía lo que era tener hermanos, por lo que tampoco podía saber lo que podía sentirse perdiéndolos.
Perdiste dos.
Te quedó uno.
A quien a veces no termino de entender si verdaderamente consideras tu hermano, o alguien que te sirve mientras puede serte útil en alguna medida.
Tan desdibujada está tu mente y tus entrañas, que no te alcanza el elemento para diferenciar donde termina el hijo, dónde se confunde con la hermandad, quién fuera el padre, dónde está la pareja.
Todo eso te pasa en tu interior, y no se si te alcanza la terapia para darte cuenta.

Mientras escribo todo esto, me doy cuenta que de algún modo sos importante en mi vida para tomar los últimos ratos de este año para dedicártelos.
Habiendo tanta gente en el mundo con quien compartir, teniendo la cabeza llena de ilusiones, el corazón rebozando de esperanzas, la ternura a flor de piel, es que desde ahí creo que elegí hablarte para decir todo esto que no puedo terminar de poner en otra parte más que aquí, en la virtualidad de una página que se prende y se apaga, como las luces de un árbol de navidad, tan vacuas, que no se si el año próximo volverán a funcionar.
O si encontrarás el árbol, de entre tantas cosas que perdés.

Alguna vez se te ocurrió pensar que los demás sienten, viven, laten, palpitan, sufren, se animan, se amilanan, se acobardan, se ilusionan, se confunden, se alegran con la compañía, se sienten solos, tienen defectos y virtudes igual que vos y que el resto del mundo?

Alguna vez se te ocurrió pensar que lo que vos estás queriendo hacer ahora, seis décadas después, otros lo hicieron a su debido tiempo, cuando era la época de hacerlas, y no necesitan competir con nadie, ni con vos, ni con otros, porque no son iguales que vos?

Alguna vez se te ocurrió pensar que te lo pasás peleando igual que tu hija, con tu madre, con fantasmas, con amigas, aunque después esté todo bien, se sonrían y salgan a comer juntas porque hay que aparentar?

Alguna vez se te ocurrió darte cuenta de qué manera tu discurso es de desprecio, de soslayo, como si hicieras el favor de incluir a alguien en tu grupo cuando los demás tienen luz propia y pueden estar en cualquier grupo, mejor o peor, sin que vos lo incluyas, lo excluyas, le concedas la deferencia de tenerlos en cuenta en algún momento y lugar de tu propia historia?

Alguna vez se te ocurrió pensar que a los demás le duele tu indiferencia, que los demás no son un paquete que ponés o sacás de donde se te ocurre, en el momento menos o más pensado, pero porque tu voluntad te indica que ahora es el momento y lo hacés, sin tener en cuenta que el discurso es envolvente y confuso, y hasta a veces parece que incluye cuando en realidad tu voluntad no se acerca a él?

Es cierto.
A la gente hay que aceptarla como es.
Y llevo más de treinta años intentando con ustedes.
No has tenido la solvencia de enseñarle a tus hijos que insultar al otro es una falta de educación.
Ni siquiera les has advertido que habría que callarse cuando criticaban a alguien desenfrenadamente, con epítetos insolentes aunque más no fuera por una cuestión de edad?
Ni siquiera te has dado cuenta que no has sabido separar los problemas de los adultos con los de los niños, y has mezclado en una bolsa demasiado gigante, demasiado hedionda, toda la basura que no supiste desprender de tu vida como para querer mezclarla en la nuestra, y así fue como tuvieron hasta la poca delicadeza de irrumpir en casa ajena creyendo que era propia, sin siquiera saludar

Cómo se te ocurre que me puedo haber sentido tantos años sosteniendo la situación de no saber por qué a veces pueden saludarme y otras veces, si pueden, miran para otro lado, nada más que por no haber hablado jamás de frente y sacar todas las basuras que tenían en el corazón?

Si fuera así de fácil, sabés cuánto tiempo haría que no tendríamos trato?

Nunca se te ocurrió pensar que tu hermano fue a vivir a san luis a pesar de tus maldiciones (que creo que todavía funcionan) para acompañar a su madre que había perdido a su segunda hija?
No te importa.
La hija pródiga siempre fuiste vos.
Fue lo único que te importó siempre.
Ser el centro de todo.
Hasta de tu propio clan.
A costa de tu clan, por supuesto.
A costa de tener un desperdicio de vidas malogradas, deshechas, cada uno recomponiendo los pedazos como pueden, a manotazos, entre viajes vip y sueños que jamás se cumplirán, porque no hay asidero para tanto engaño…

Treinta y cuatro años llevan creyendo que soy estúpida.
Otros tanto suponiendo que soy agresiva, altanera, soberbia, insoportable, yegua hija de puta, como dijo tu hija mayor, guacha de mierda como dijo la del medio, pero jamás algo enriquecedor…
Para tu legítimo esposo, yo era hiriente, punzante…
Sin embargo, pudiste volver a comer luego de su muerte porque la hiriente fue a revolver los papeles archivados para que te pagaran su pensión.

Cómo no serlo, acostumbrada a estar sola, educada en la responsabilidad y el no se toca lo ajeno, cuando la horda te lleva por delante, te avasalla, te roban desde las bombachas y los anillos hasta la plata que tenías guardada en un bolsillo de la valija que llevaste por unos pocos días de visita a ese palacio familiar en ruinas que se estaba viniendo abajo como toda la familia?
Cómo no serlo cuando querían demostrar que todo estaba bien y yo era la impura?
Cómo defenderse si no con las únicas armas que tenía a mano, con tal de defender lo que había elegido, y que ustedes trataban como si tuvieran el hijo bobo que había que seguir criando?
Alguna vez de entre todas las veces que me criticaron, tuvieron la posibilidad de la empatía?
Alguna vez pudieron saber siquiera lo que eso significaba?
No te das cuenta que para tener un hombre al lado tuviste que quitárselo a una pobre infeliz que dejabas a conversar con tu madre mientras te hacías llevar a comprar verduras?

Además de la agresión, tengo la buena memoria, y eso, a veces, resulta insoportable.
Pero que después de decirme yegua de mierda, guacha hija de puta, insoportable, soberbia, hiriente, engreída, y todo lo negativo que se les vino a la boca, tanto a tus hijas como a quien quiera que tuviera opinión en tu derredor, que hasta los amigos de tu hijo único varón llegara a preguntar si realmente podía ser para tanto… no tengan la decencia de no usarme, es como demasiado.

Sabés qué?
Si soy todo eso y tanto más, que gracias a la virgen, que me sigue mirando mientras me señala el reloj y me dice que más de una hora de este último día del año es demasiado para dedicarte a vos y a tanta mugre dispersada en treinta y pico de años, creo que tengo que dejarme de joder de pensar en vos, hacer borrón y cuenta nueva, festejar el año nuevo con mi verdadera familia, que es con quien me he quedado porque no estaba en tus intenciones que lo pasáramos juntos, no, qué va!
Vos pretendías que fuéramos a san luis para acompañar a tu madre para que no estuviera sola.
Vos, ombligo del mundo que siempre pretendiste organizarle la vida a todo el mundo, sociedad, mercado, vida, porque después de vos no hay nada, pensaste que los boludos de siempre tenían que hacer lo que vos tenías planeado: quedarse con la mami. Porque la mami no quiere hacer otra cosa más que contradecirte, porque la relación de ustedes es ambigua, y entre dos se enloquecieron más de seis décadas.
Feliz año!
Y que todo lo que quede por delante, sea para darte cuenta que la mierda de los grandes no tienen por qué comerla los chicos.
Que es una pena que no te dieras cuenta que cuando las cosas no se hacen con el corazón se nota,
Que te has perdido seis décadas de afecto por no encontrar la dirección que te lleva derechito al alma, tan mezclado estuvo tu camino de vericuetos y necesidades que te hicieron perder el rumbo.

A la edad que vos te casaste, yo empezaba a estudiar.
Vos querés estudiar a la hora de criar tus nietos.
Por eso, te perdiste el encuentro y la ternura de unos cuántos.
No importa cuánto sea tu pérdida.
A mi me importa cuánto es tu desprecio, tu falta de caridad, tu falta de sinceridad, tu necesidad de sacarle provecho a la gente sin dar de vos ni siquiera tu compañía una noche de fin de año.






mónica, y la página en blanco

LA PÁGINA EN BLANCO


Todos los días, cuando estoy lejos de la máquina y de la página, tengo mil ideas para comenzar a escribir y así hacer que los días no se sientan tan vacíos. Sin embargo, doy vueltas y más vueltas pensando en cuál será la mejor historia de todas las historias que me acribillan la  mente para comenzar a contar sin que me aburra a mitad de camino, o me quede prendida de algún fantasma que agobie mi espíritu más allá de lo que luego pueda soportar.
Y ya está. Ya no tengo más la página en blanco.
Ahora, la cuestión será seguir llenándola de frases coherentes que no sólo me llenen de vida a partir de los recuerdos, sino que no vuelva a sufrir recordando cada manotazo de tristeza que me propinaron cada año, cada día, a cada rato.
Cómo comenzar a desandar la historia para atrás pero mirando hacia delante, como si la reina madre estuviera en el frente de mi vista y no pudiera darle la espalda yéndome? Cómo puedo hacer para recordar cada uno de mis sueños y mis pesadillas haciendo de mi escritura un tumulto de emociones inscriptas en los meandros de mi mente. Allí donde se escabullen mis temores cuando me aferro a la cordura para no caer en el abismo de mi tortura, de esta obsesión que se agiganta cada vez que no puedo controlar el miedo visceral de cada historia que me invento porque pareciera ser que no me sirve esto de vivir sin dolor.
Pareciera ser que la mente se acostumbra al impulso de latir con fuerza cada flujo de la pesadumbre. Que la hormona del dolor queda generando el producto de su memoria y de repente me doy cuenta que por más que quiera aferrarme a la verdad, es difícil encontrarla. Cada uno la interpreta como puede, como le sale, con la fuerza de su capacidad de entendimiento, con la hormona que le funciona en ese preciso momento en que tiene que decidir si creer en esa verdad o es verdad porque cree en eso que le están diciendo. Y la subjetividad se desgrana en cada acto a pesar de creer que estamos contando lo que vemos de la manera más fehaciente que se crea querer y poder hacerlo, pero de repente ahí está, otra vez la verdad a  medias de no saber si la realidad existe o  la inventamos.
Pero no, a veces la imaginación se presenta como un dejà vu que intenta avisar para que el sopapo no sea tan fuerte, para que la muerte vestida de soldado venga a buscarnos después del mediodía y una paloma hambrienta picotee el vidrio de cualquier ventana hasta lograr desvanecer la quietud de este remanso que nos da la vida hasta la próxima vez que quiera llevarse a alguien sin aviso.

Mónica es delgada, frágil, morena, delgada. Por alguna razón el inconsciente quiso repetir esta palabra  Acaso sea su delgadez lo que más ha llamado mi atención, en un imaginario sístole que alcancé a verla a contraluz, pero a pesar de la delgadez y su fragilidad, la adiviné con la fortaleza de los espíritus fogueados por una vida en el interior del interior.
Tiene una fortaleza plagada de virtudes que nos lleva a pensar en su armadura interior mucho más fuerte y duradera que la de muchos que nos mostramos fuertes sólo para que los demás lo crean.
En este desquicio organizado que nos toca vivir por estos días, por estos meses, por este trienio que nadie imaginó cómo sería, venir a trabajar todos los días tiene el sinsabor de una letanía. No importa qué hagamos, si hacemos, si no hacemos, si tenemos la voluntad de parapetarnos en la creatividad y desde allí dar el salto hacia la actividad o cruzarnos de brazos y esperar que nos digan qué hacer. Venimos porque el hombre se acostumbra a cumplir o a no cumplir, según el mandato recibido, la educación implantada como el pivote de una pieza dentaria que a veces acepta el material y otras veces lo rechaza, y la cirugía es costosa, tan costosa como el tiempo y el esfuerzo invertido en la educación de cada uno, pero parece que se rechaza mucho más la cirugía dentaria que la de las almas.  O hay muchos menos implantes que educandos y educadores, vaya uno a saber... no, no. Saber sabemos. Claro que sabemos. O creemos. Creemos que sabemos. Y otra vez la disyuntiva de la verdad de la realidad o la realidad de la verdad. Entre los que creemos que la gente se educa desde la casa o la escuela ayuda a ayudar, también creemos que la educación es perenne, perpetua, una hiedra que  crece hacia el infinito, acrecentando su crecimiento día a día hasta hacernos comprender que no cejará en el intento de seguir trepando el muro, el árbol, prendiéndose a la pared a pesar de los revoques, y seguirá siendo impartida aunque el sujeto no la reconozca.
Qué verdadero misterio esto de saber que la educación existe pero no es igual para todos, que no todos aprehenden los conceptos de la misma manera y con la misma intensidad con que se imparten, y que a pesar de lo que se imparte, tampoco llega de la misma forma y con la misma intensidad al intelecto de cada uno.

Y otra vez Mónica en mi mente porque la sorpresa del dolor muchas veces agiganta inconmensurablemente el dolor en si mismo y la comprensión se hace difícil porque el pecho se cierra a la sinrazón de no querer aceptar lo que por ahí presentimos sin previo aviso, simplemente porque de repente miramos y vemos para adentro un poco más.
Mónica frágil, Mónica alegre, Mónica envuelta en su sensualidad de menos de cuarenta, figura espigada, melena morocha renegrida dando marco a una cara demasiado grácil para ser de adentro, del interior del interior.
A pesar de los estudios, de la preparación, de la oportunidad que da la vida de poder incrementar el conocimiento cuando la educación fue forjada desde el interior de la propia familia, cuando decir familia significa mesa compartida con padre, madre, hermanos con la misma mirada interior, con el mismo código familiar, con la misma promesa de saber que nacimos para cumplir con la misión que nos fue encomendada desde el vientre y luego se forjó a fuerza de compartir mensajes, códigos, ejemplos, razones que le fueron dando marco a la vida para dignificar el nombre, la progenie, la familia, la ascendencia y descendencia de la misma manera con que se reparte el pan entre los discípulos en la Última Cena. Y yo no estoy segura que Mónica comparta la idea y la filosofía y la esperanza del reparto del pan y la santificación del vino, pero de cualquier manera siento que la cuestión pasa por una comunicación espiritual que se unifica en el criterio de la fe, no importa el nombre, no importa el camino elegido, no importa si leeremos la Biblia en el Salmo del Antiguo o del Nuevo Testamento.
Pero así fue.
Había un brillo anodino en su mirada, algo que no podría explicar si estaba o lo inventé. Hablaba entrecortada, como dejando en suspenso cada frase, no se si porque no quería que los demás escuchen o porque dejaba librado al azar el hecho que cada uno interprete lo que pueda, lo que quiera, y así de repente la responsabilidad era menor, menos comprometida, más soslayada en el intento de decir algo pero no del todo, por una cuestión de costumbre o por la responsabilidad de no sentir.
Había un brillo seco, disecado acaso por la premura interior de correr a algún llamado que nadie más que ella en aquel momento pudo escuchar que la llamaban con la fuerza última del que se está yendo, y la página en blanco de este día se cubrió de sombras con un  raro estupor cerca del mediodía.
-         Me voy, dijo. Tengo sed. Tengo dolor en la boca del estómago. Quiero tomar un té. Te espero en la oficina.
No entendí por qué. Tanta premura. Tanta ausencia en la palabra yerta de expresiones que intentaba zafar de un compromiso inventado para prolongar el tiempo de la nada cotidiana.
Partió tras el viento. Un viento helado de principios de otoño se llevó junto a las hojas secas  de los plátanos y los olmos de la vereda, la figura pequeña y trémula de Mónica corriendo tras el llamado agónico en el único sonido que pudo escuchar dentro suyo, el llamado inconsciente de lo que nadie le había dicho, pero ella ya sabía.
Mónica frágil, Mónica fuerte, Mónica niña, Mónica madre, Mónica esposa.
En comunión tan íntima que palpitó la fuerza del llamado del hombre cuando cayó en silencio, solitario, con la escasa fuerza que le dejó el aliento de recomendarle apenas las últimas demandas para cuando ya se fuera…
Cuando llegué ya no estaba. Un rumor a cosa extraña de silencios ensortijados en baladas de llanto y sufrimiento me contó que el hombre estaba enfermo, internado entre las sábanas acaso más tibias que preceden a la mortaja. En la soledad del cuarto, apenas una plegaria de despedida susurraba entre sus labios dejando las consignas para lo que sobrevendría, los dos sabían cómo era esto de las despedidas.
No había mediado palabra para refutar el sino.
No había mensaje correspondido.
Sólo las almas que juntan sus alas de muselina en el espacio compartido por la alegría, saben del dolor de la partida. Saben el momento exacto en cuanto deben decirse las palabras precisas.
Se miraron desde la comisura del abismo. Ese aletargado misterio de las despedidas, en el momento justo cuando las alas comienzan a replegarse para alisar las galas que deberán abrirse paso entre la pasión y  la ternura, la congoja y la espesura de tanto dolor cuajado en unas pocas lágrimas que apenas asoman y ya no están, no deben mostrarse, no es posible dejar al otro con la angustia que los dos saben que será el sufrimiento por tanto duelo compartido.
De tener que irse.
De tener que quedarse.
De quedarse solo cada uno de una soledad distinta.
Cada uno con su soledad a cuestas, acaso más fría la de uno que la eterna del otro hasta cuando vuelvan a verse, a encontrarse en el absurdo paisaje del universo entregado para el reencuentro.
Ya no queda página en blanco.
Está todo escrito.
La primera lágrima se ha convertido en llanto, y el grito desgarrador de la garganta ya no logra anidar en el medio del pecho destrozado por la angustia.
El pecho que cobijó la fez pesada y cansina de haber sido padre antes que marido, amante después de tantos hijos, padre del hermano, hijo de sus hijos. La fez que agotó en su ensueño los sueños recorridos, y suspiró entrañable la juventud desatada en ese pelo renegrido.
No supe nada del hombre.
Ahora, cuando la página ya está surcada de infinitas hormigas desparramadas por hileras blanquecinas, siento rumores de viento acurrucado en los postigos de unas ventanas abiertas esperando cada día.
La página se va escribiendo con el decir de la espera.
Pero ese día, la tristeza de Mónica sabía que no habría ni página ni blanco, ni suspiro que llenara de poesía la mágica presencia del hombre entre sus vísceras. La llamó clamando por su presencia. Hizo que regresara, la esperó con la paciencia de los siglos.
Tuvo tiempo de despedirla.
De decirle cuánto la amaba.
Del cuidado de los hijos.
La página quedó cubierta de borrones y suspiros.
De vez en cuándo una lágrima corre por sus mejillas. Apenas rubor de ensueño su recuerdo enardecido. Apenas almibarada su mirada al infinito. Tanto dolor en la sangre. Tanto harapo en la carne dolorida por el rasguñar del tiempo que a veces parece eterno y llama por la tardecita. Con toques en las ventanas, apenas golpeando el vidrio, como si el pico del ruiseñor llamara por la visita.
Y ella sabe que es él. No tiene duda. Lo invita.
Con su recuerdo.
Con sus fantasmas.
Con el planear de futuros acaso desconocidos.
Con el dibujo de rumbos que van para cualquier lado, hasta encontrar el camino.
Mónica solitaria.
Mónica con sus hijos.
Mónica y la simiente que le dejó el paraíso de haber conocido un hombre que dibujó su destino.
Ahora, cuando la tarde se cubre de nubarrones de estío, los penachos de acacias blanquecinas caen sobre sus ramas desbordando primaveras. La vida recomienza en un cántico de mil flores descubriendo el paisaje de cada día.
Ahora, cuando la tarde se alarga para recuperar el día, una pausada tortuga retoma su aliento adormecido. Despacio, con el lento presagio de desandar letargos, otra vez tomará el alimento de la vida.
Ahora, cuando vaya curando sus heridas, la página pasará otra vez a cubrirse de blanco, y será la hoja en que escribirá la otra parte de la historia de su vida.
Con machucones de esperanza.
Con rezagada tristeza.
Con fortaleza enardecida.
Con vida.