domingo, 14 de septiembre de 2008

MILAGRO


MILAGRO

Quise verte y aquí estoy. Vine a saludarte, pasé por el pueblo y me dije... tanto llanto, tanta angustia por tu ausencia, tanta soledad de sonrisas y ansiedades.
Y ese silencio perenne entre nosotros, esos ojos cerrados al recuerdo, al olvido, al despertar. Esa lágrima perpetua, inmutable en el rostro de sombras sin regreso. Esa mueca de tristeza al pasar, como quien por un momento rememora el agridulce de una niñez sin caricias, sin juguetes simples, y con un manotazo de vida tumultuosa las arranca para afuera, para siempre, mientras por dentro la marca se agiganta de repente un poco más.
Quise contemplar tu figura en las imágenes. Esa que preocupaba tu aleteo de marzo y nunca llegó un octubre que la supiera dibujar. Porque la mano majestuosa guiaba tu bosquejo hacia otro caudal. Porque tu mente tirana no se fijaba en el libre albedrío, los pájaros de seda y tantas cosas más. Cómo tolerás ahora tus noches sin whisky, sin tabaco importado, sin cuentakilómetros tocando la qué-se-yo, cómo te sentís ahora? Ni el Polaco ladrando su fascinante estirpe, ni The Spiders, te acordás, gesticulando monótonos en esa noche de baile con la luna en su apogeo. Y esa Polonesa Heroica, y ese Sueño de Amor que no acunaste nunca, ni por una noche de madrugada que te arrebató los sueños.
Nunca pensé poder mirarte por tanto tiempo, abigarrados los ojos con tanto recuerdo, agazapado el silencio entre tanto desconcierto.
(Por Dios, no te quedes así, no llores, no quiero verte triste).
Nunca imaginé este milagro insatisfecho.
Este contarte tantas cosas de éste, tu mundo amado y tantas veces aborrecido. De ésta tu gente conocida, de tantas islas que eran también la tuya y la mía en un chocar de planetas en este arrebol duradero, inacabable.
Porque, lo sé, tu vida durará siempre, hasta que la mente herida en el pensamiento lejano derrame sobre tu esencia la última gota de tu sangre acontecida de recuerdos.
Nunca creí que al mirarte, tus ojos en duelo me devolvieran, por milagro, tu nombre completo.
(Te acordás, nunca te gustó decir el segundo, era feo)
Y dos fechas: una rebozante y la otra, por milagro, de hielo.
Como tus ojos que me daban miedo. Que pensaras que mucho me detenía en tu vista o que pasaba demasiado en vuelo.
Como la vida y la muerte.
Como el horizonte que alcanzaste con el cosquilleo impalpable de esta ansiedad tuya de vivir pronto o de no morirte nunca, no se.
Pero fijate. Estar así ahora, por milagro, a dos meses de no verte más, o a no-se-cuanto-tiempo de no volverte a ver.
Hablando de todo sin conversar de nada. Queriendo reír por tu viaje y alcanzando tan sólo una tristeza inocua de no poder saludarte sin que me preguntes por qué.
Como aquél septiembre, en aquél baile de estudiantes, cuando yo festejaba mi egreso y vos tu décimo aniversario de egresado. Con Pintura Fresca y ese Orgullosa Mary que acomodaste para mí porque no te saludaba más. Ahora te saludo. Por esa y por tantas otras veces que mi espíritu te estrechaba esa mano que ahora me preocupa cómo estará, pero que mi actitud pobre no dejó entrever siquiera.
Por qué tanto orgullo?
Por qué no te miré antes, cuando podías verme, cuando tal vez tu amor propio lo necesitaba.
Quién sabe si estará satisfecho ahora...
Me llega tu voz desde una caverna quieta y silenciosa que hace más inquietante la risa sórdida de tu ausencia.
Esa risa que no se me irá nunca, aunque la carcajada del mundo intente aplacarla.
Qué pasó...?
Se que estás ahí contra tu voluntad.
Me bastó un milagro para comprenderlo.
Se que ese que no querías tu Dios te ganó la batalla contra los treinta que te empeñaste en exprimir hasta el último segundo.
Pero por qué?
POR QUÉ?
Mil y una vez, P O R Q U É?
Con esas ganas de robarle a la vida lo que ella te robó
Te resignarás al basta? O retorcerás los brazos del destino como una cruz esvástica, esa que quedó entre los huesos inertes de tan injusto arrebato?
Esperá.
No digas nada.
Callate.
Vuelvo mañana.
Están sonando unas campanas, las oís?
Me olvidé, sabés?
Por milagro de esas campanas, se me encarniza la angustia y me oprime la garganta.
Olvidé que el cementerio cierra a las siete, y no me alcanzó el milagro para quedarme sin lágrimas, sin milagro, sin su mirada, sin, sin palabras.
Nada.-

TENGO GANAS

Tengo ganas
de quedarme inmóvil
contemplando el mundo
desde algún lugar.
París, California,
Marbella, La Quiaca,
Sarmiento, Las Parvas,
Rusia o Senegal.
Oir de repente la voz de mi hijo
gritando ¡Mamá!
Volver del recuerdo con alma de alondra.
Asir en el viento
perfume de albahacas,
ruidos de marsupias,
rumor de hojarasca pisada con pausa,
sendero de plátano de ocre otoñal.
Mirar a lo lejos
que llueve en el monte;
se pierde en silencio el olor en el aire,
la gota en la tierra,
la savia en el brote,
el rubor en la brisa,
la mirada en el hombre,
las ganas de todo y la nada en el borde.
Abismos de dudas,
preguntas sin rumbo,
silencios y noches,
mañanas sin nombres.
Naturaleza muerta en las retinas,
paisajes desteñidos de añoranza.
Querer decirlo todo en la mirada,
vagar como un autómata entre niebla
y fantasmas cuchicheantes, y nudos y
gargantas.
Sonrisa que se vuela por los ojos,
palabras que no saben adularla.
Sabor a conocido entre los párpados
que el sueño traiciona en madrugadas.
El canto de sirenas en las almas,
voces ignotas de alabanza.
Buscar incontenida las respuestas
sabiendo que -quién sabe?- no hay palabras.-

TE RECUERDO


Te recuerdo sin quererlo.
Tal vez, porque hace poco que te viera.
Tal vez, porque me fui sin darme vuelta.
Y tu imagen se mezcla en el olvido con aromas fueguinos en el beso.
Con fulgores que rompen la añoranza, dejándome tan sólo un leve espectro.
No te extraño.
No podría extrañar lo que es del viento.
Lo que en ráfaga de un instante enceguecido, bailotea sin prisa en el silencio.
Lo que encendiendo un minuto nuestra vida, no deja huella, ni cenizas, ni desvelos.
Pero te recuerdo.
Y eso es importante.
Pues me llena la alforja de sentires.
Pues rebosa mi sentir en sentimientos.
Y te veo, y renuevo tu sombra entre mi cuerpo, y resopla la mente en el recuerdo.
Sos lo ido, lo pretérito, lo yerto.
La brisa que no hiere en un encuentro.
El fuego que no arde en un lamento.
Por eso hoy me acuerdo de aquel remoto hormiguero, que se llenó de deseos en el fondo de lo nuestro.
Lo nuestro… que en vos fuera materia y en mí solo un encuentro.
Que unió dos cosas nuevas, gastada como el tiempo.
El alma en un escape de lo obsceno; el cuerpo en el huir de un audaz vuelo.
Hacia el encuentro del presente.
Hacia el pasado de lo ausente.
Hacia el nombrarte sin recuerdos.
Sin tristeza.
Sin oscuras consecuencias.
Sin jamás, sin nunca, sin de nuevo.
Como la nube que desfleca sus espumas, en el lánguido existir del firmamento.
Y se escapa de las manos del presente, pues su rumbo es devorar el derrotero.
Y después, nada más, el azul cielo.
Sin las nubes, ni tus manos, ni tu beso.
Sin madrugada en un abrazo, sin palabras de silencio, sin testigo mudo de ese árbol que nos viera.
Sin mi cabeza en tu pecho, sin mi temor por lo hecho, sin tu quizá que se mezcló con los destellos de un amanecer a otra vida, de un nacer a otro elemento.
Fue tan sólo un beso. Pero te filtraste en el suspiro sin quererlo. Y hoy te recuerdo.
Tan sólo por eso.
Tan sólo?
Quizá te estoy debiendo… el ser de otra manera.
El sentir sin estar queriendo.
El brotar sin temblor ni ensueño.
Todo eso te estoy dando.
Porque te pertenece.
Porque vos lo hiciste sin preguntas.
Porque fue tu obra sin quererlo.
Hoy te lo devuelvo.
Con esto.
Con mi recuerdo…


12/8/71

VESTIMENTA DE SOLDADO




La muerte con vestimenta
de soldado
golpeó a la puerta
cerca del mediodía.
Era un martes
y el frío de agosto
era un instante
de hielo y de fogones
encendidos.
Quién sos? Le preguntó
asustado,
creyendo conocerla
de antemano.
No contestó. Sólo su aliento
sintió
cerca del rostro
cerró los ojos,
y le tendió su mano.
La muerte lo miró
muy lentamente
tomó un tizón
y lo acercó
a la hornalla
henchido su pecho
sopló con ansias de fuego
y hojarasca.
La chispa no ha durado,
se dijo muy solemne
habré de vestirme
de otro modo.
soldado que soy
en estas lides
no puedo conformarme
con harapos.
Nadie sabe de mí
más que los miedos
yo paso como un fuego
fatuo y me llevo conmigo
lo que quiero.

VOLVER A CREER

Quiero volver a creer
que la vida no es sólo un hoy
Que es el hoy de cada día
envolviéndose
en un siempre.
En un crecer para dentro
con la luz que crece
fuera.
Quiero deshilar la luz
y tejer con hojas secas
la presencia presurosa
en las manos
de la nada.
Y vivir sin luz, sin día,
sin mañana,
sin de nuevo.
Simplemente
decir vida
y creer.-
9-VI-75

LA MENTE EN BLANCO Y LA PIRÁMIDE


LA MENTE EN BLANCO Y LA PIRAMIDE



Judith estaba con su amiga. La de la mente en blanco. Venían caminando por una casa grande, algo así como una escuela antigua, con un patio central donde confluían todos los salones. La amiga le decía algo insistentemente. Pero Judith seguía ensimismada en su idea. Le habían robado la pirámide, y ella estaba segura de poder hallarla. Su amiga sonreía, incrédula, mientras caminaban por la galería interior de aquélla casa. Unas columnas de hierro antiguas sostenían el techo de chapa ornamentado en orlas que hacía de resguardo para la tarde lluviosa de aquél patio. Cuando iban llegando a la puerta de una de las habitaciones, la amiga de Judith se detuvo, giró hacia atrás, y se acomodó el saco de lana que llevaba puesto sobre los hombros. En ese momento las vi. Judith extrajo un arma del bolsillo de su blazer, y apuntó.
Desde algún sitio, yo supe que adentro había un hombre metido en una cama de cobijas claras. No alcancé a ver su rostro. Sólo una forma de cabeza despeinada emergiendo de entre las sábanas, y a los pies de la cama, una forma de niño sentado, de espaldas. Judith apuntó segura, su amiga ya no estaba.
De golpe, comencé a dar gritos, espantada, pidiéndole que no tirara. Pero Judith estaba segura de hacer lo que quería, y no dudó. Comenzó a disparar una y otra vez hacia la cama, y yo gritaba cada vez más fuerte, pero el eco de mis gritos se hacía humo en volutas por entre las columnas de la galería. Judith no me escuchaba.

- Por favor, no le tires! Judith, no! ¡No dispares!, grité de golpe, corriendo, y el pelo a montones se metía en mi boca como en bocanadas de seda que me ahogaba.

Judith se dio vuelta hacia mí, sonrió mirándome, y guardó el arma nuevamente en el bolsillo de su saco. Me acerqué agitadísima, la tomé por los codos, y cuando la toqué, el marrón de las mangas de su blazer pasó a formar parte del color de mis manos. Ella comenzó a reír a carcajadas, mientras me miraba con los ojos serenos, sin culpa, como si no hubiera ocurrido nada.

- Qué hiciste, Judith, qué hiciste? -pregunté como tarada.
Desde algún otro lugar, supe que no había hecho nada.
Ella introdujo su mano en el bolsillo donde había guardado el arma, y extrajo una pirámide de mármol veteada.

- Por suerte, la traía conmigo -me dijo, y nos fuimos a buscar a su amiga, que seguía apoyada en el marco de la ventana.-

POR VOS, TRISTEZA

POR VOS, TRISTEZA
Es tarde. Tarde en la soledad de este último sol de febrero, apenas tibio de otoño adelantado.
Tarde en la fugaz esencia de resplandores que acarician mi recuerdo que aún te espera.
A qué engañarme. Una hormiga desorientada camina sobre el borde de mi blusa, y yo –pobre y triste yo que aún te piensa- imagino la punta de tus dedos recorriendo esa pendiente hacia el abismo de mi seno. Toda una geografía de bordes y silencios acompañados por tu noble insistencia de acallada premura.
Por qué te fuiste, será la duda eterna que me repita en eternidad de amaneceres nombrándote en la espera.
Por qué temiste, si acaso disfrutabas de tu ego enaltecido por sensaciones nuevas.
Por qué dejaste que creyera en unos ojos profundos que taladraron mi angustia de la peor manera: la de tu incierta presencia en las esquinas de mi mente cada vez que te pensé con fuerza, con ganas de tenerte y que me tengas como quizá ninguno de los dos había podido nunca imaginar un clamor desesperado de dos cuerpos brindándose al afecto de tu piel y mi piel entrecortadas de susurros.

Ahora, cuando desde la luz de mi ventana veo que ya no llegas, miro para adentro lentamente, para sólo ver el laberinto de tu mente acomplejada de emociones simples, mientras por fuera de tus límites de espacio y tiempo, la distancia se acrecienta a cada rato un poco más.
Ahora, mientras juego con la hormiga de tus dedos que no supieron siquiera encaminar una caricia, un nudo atolondrado de angustia y ansiedades se retuerce en mi garganta con dolor.
Siento la amargura de una lágrima llorada para adentro, por lo que pudo ser.
Siento la desazón mordiéndome el alma sin permitirme olvidar lo que sentí de pronto, tan de golpe como tu mirada sedienta de ternura arrullándome en silencio, mientras el vuelo de todas las gaviotas enmarañadas en el borde de tus ojos me acompañó tantas veces, contándome de tu inseguridad, de tus anhelos inconfesados, de la sorpresa increíble de esta vida que de pronto te dijo que valías algo más que tu estampa presumida.
Siento el rumor suave de tus manos apenas abrazando mi cintura, sin demasiada fuerza, acaso temiendo quebrar el cristal de mi risa que se hizo joven y anhelante y libertina tan sólo por reír con vos.
Siento absolutamente toda mi desilusión a cuestas en este último día de febrero que me ha dejado con las manos vacías de vos y de tu piel, con los ojos vacíos de tus ojos sin tu mirada, con la piel sedienta y resquebrajada por todo lo que pudimos acariciar no sólo con la mirada, no sólo con tus palabras, no sólo con nada.
Siento una profunda tristeza por mi descreída y anhelante necesidad de vos, ya no sé por qué.